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Saqueadores post terremoto: La horda que nunca llegó a las casas
por Juan Andrés Guzmán (Chile)
miércoles, 21 de julio de 2010
Saqueadores: Ladrones de ocasión El terremoto y el tsunami sometieron a los chilenos a duras pruebas de
valor y de solidaridad. Pero nuestras ciudades destruidas ofrecieron
otra disyuntiva: ayudar o saquear. En Constitución, Concepción,
Talcahuano, Coronel y Lota miles de ciudadanos comunes se convirtieron
en saqueadores espontáneos. Hoy sienten vergüenza. Aunque algunos
cumplieron prisión preventiva, todo indica que las condenas no serán con
cárcel. De la sanción social no se salvaron.
Hay varias zonas de Chile que no fueron arrasadas por el terremoto ni
por el tsunami, sino por los chilenos. Ciudadanos comunes que saquearon
todo a su paso. Además de la sanción social, hasta ahora el mayor
castigo ha sido la prisión preventiva para unas doscientas personas.
La semana pasada se falló el primer juicio oral. Rosa Leviqueo Castillo,
de San Pedro de la Paz, tenía 23 cajas de alimentos no perecibles,
robadas del supermercado Unimarc y de las bodegas de Carozzi. Fue
hallada culpable del delito de receptación, esto es, tener en su poder
mercadería robada. Aunque la fiscalía pedía 4 años de presidio, el
tribunal la condenó sólo a 41 días de pena remitida.
Hasta el momento en la VIII Región se registan 168 condenas en
Concepción, Talcahuano y Yumbel en juicios abreviados, donde el acusado
acepta los cargos a cambio de una rebaja de pena. Son todas condenas que
no contemplan cárcel, sino firma y multa. El de Rosa Leviqueo es el
primer juicio oral, pero la Defensoría pretende seguir el mismo camino
con los casos pendientes, para demostrar que el Ministerio Público se ha
excedido con las prisiones preventivas y no tiene pruebas para
conseguir altas condenas. Salvo si el acusado tiene un historial
delictual, es probable que terminen con los responsables en libertad y
firmando.
Descontando a los formalizados, la amplísima mayoría de los que
saquearon no ha debido enfrentar más que a su propia conciencia, lo que
significa someterse a un tribunal muy disímil.
Probablemente el mejor ejemplo de eso está en la zona de Palomares, en
la entrada sur-este de Concepción. Allí empresas como Nestlé, Ariztía,
Ripley y Falabella tienen galpones con los que abastecen a la ciudad.
Las seis bodegas más grandes tienen 600 metros cuadrados más
subterráneos. El terremoto no dañó sus estructuras ni tampoco a las
poblaciones del sector, donde viven más de 3 mil familias. Pero tres
días después del sismo, no quedaba absolutamente nada en esas
instalaciones, salvo el techo, las paredes y el piso.
Los rostros del saqueo
El saqueo en Palomares comenzó a las 11 del mismo sábado 27 de febrero,
cuando sin electricidad, ni agua, y sin noticias sobre lo que había
pasado en el resto de Chile, una frase empezó a recorrer los pasajes de
la población con la misma insistencia con que las réplicas azotaban la
zona: las empresas de alimentos iban a regalar sus productos pues la
falta de luz haría que la mercadería se descompusiera.
Entre las cosas curiosas que ocurrieron en esos terribles días, está el
hecho de que esa frase se repitió, con pequeñas variantes, en todas las
ciudades afectadas por el terremoto, desde Talca hasta Lebu: “van a
regalar comida”, “dieron permiso para sacar cosas”, “Carabineros está
dejando entrar”. El desastre puso las mismas palabras en la boca de los
chilenos aislados e incomunicados.
En algunas partes eso fue parcialmente cierto, como en Constitución
donde Hugo Vásquez, dueño del supermercado La Despensa, autorizó que
sacaran mercadería de uno de sus locales dañado por el tsunami.
—Ya a las 5 de la mañana había gente mirando y les dije que se llevaran las cosas para que no se perdieran— cuenta.
Cuatro horas después no había nada, ni siquiera los papeles de la oficina.
—Les dije, “para qué se llevan las facturas, de qué les sirven” y me echaron la choreada: “sal de aquí tal por cual”.
La horda se llevó balanzas, tubos fluorescentes y lo que no podía
llevarse, lo destrozó: por ejemplo, las congeladoras o los estantes y
las góndolas. Luego siguieron con el local del lado, que no había sido
dañado, y con el de más allá. En esa cuadra Vásquez tenía tres tiendas y
una bodega. No sólo se quedó sin mercadería sino que lo privaron de
toda la infraestructura necesaria para volver a trabajar.
—Perdí 1.200 millones de pesos, ese día. La mitad fue por el saqueo— cuenta.
Hoy, más de tres meses después de la tragedia, sólo ha logrado echar a
andar una verdulería de barrio. Lo peor es que la ferocidad de la gente
aún lo tiene intimidado. Vio ricos y pobres en la destrucción de lo que
le había costado años montar. Reconoció a algunos y sabe que llegó gente
en camioneta, que pagó a muchachones para que le cargaran el vehículo y
luego se fueron a toda velocidad, gritando ¡tsunami!, para que la gente
despejara la calle. Pero Hugo no quiere denunciar.
—Hay que concentrarse en salir adelante. No hay que mirar al pasado. No quiero más problemas —dice.
Hasta ahora, en Constitución el Ministerio Público no ha formalizado a
nadie por los saqueos que destruyeron prácticamente todo el comercio.
En la mayor parte de las ciudades la frase “están regalando” no fue
cierta. Así lo aseguran las fiscalías, que aún investigan. Pero allí
donde no fue dicha, los chilenos se la inventaron o se aferraron a que
otro sí la había oído. En aquellas primeras horas con la autoridad
atomizada y tan perdida como los ciudadanos, la única autoridad que
quedaba era la ética de cada cual. Y esa frase la hizo trizas.
Luciano Bascuñán, presidente de la junta de vecinos de Alto Palomares,
dice que en la cara de sus vecinos podía ver como la ética se había
derrumbado. Su villa la componen 800 familias que partieron con un
precario campamento. Demoraron 35 años en organizarse, ahorrar y tener
las casas fiscales en las que viven ahora. Son trabajadores y pequeños
comerciantes que ganan entre 200 y 300 mil pesos.
—Somos gente honrada, pero en esos días a mis vecinos les cambió hasta
la cara —explica—. Se notaba la lucha entre el lado bueno y el lado malo
de cada uno. Yo les decía que no estaba bien lo que hacían. Me
contestaban, ‘métase en sus cosas vecino’.
En Constitución, el sacerdote Alejandro Quiroz también reparó en las
caras de sus conciudadanos. En esa ciudad, donde el terremoto derrumbó
una docena de cuadras y el tsunami arrasó con otras tantas, los saqueos
empezaron muy temprano.
—No me olvido de sus rostros. Eran caras como inconscientes, caras que
habían perdido algo de su humanidad. Eran rostros como de animal
asustado y feroz. También vi miradas burlescas, gente que iba feliz
empujando un carro cargado de licores o de carne, disfrutando su buena
suerte— explica el cura.
Llegar y llevar
En Palomares, el saqueo de las bodegas de alimentos duró todo el sábado.
Al día siguiente la muchedumbre se reunió en torno a los galpones de
las multitiendas. El carnaval recomenzó cuando empezó a circular otra
frase: “Dijeron que les da lo mismo que nos llevemos todo, porque están
asegurados”. Era una excusa pobre y, pese a eso, también se la oyó en
varias ciudades, como si las hordas necesitaran sentir que mientras
robaban, no estaban robando.
—Unos vecinos míos oyeron lo del seguro —dice Luciano Bascuñán—. Eso
volvió loca a la gente. Aquí a muchos no les dan crédito y tienen que
ahorrar un año para comprar una tele. Entonces cuando les dijeron que
las cosas estaban ahí, que había que ir a buscarlas nomás, perdieron el
cable a tierra… Lo primero que vi fue un vecino arrastrando una cocina
por la calle. Fue como a las 11 de la mañana y de ahí no paró más.
El saqueo duró el domingo y el lunes hasta que el Ejército copó
Concepción y se decretó el toque de queda. En el festín participaron
todas las villas cercanas a las bodegas: Alto Palomares, San Ramón,
Valle Lonquén, Ferroviario. Todo el que pasaba por la concurrida avenida
General Bonilla, podía bajarse de su auto, echar algo y partir. Había
ahí todo lo que los chilenos desean y van a ver en los paseos
dominicales al mall: sillones, lavadoras, computadores, camas, y la
estrella de la jornada, el plasma.
—La mayor parte de las personas no tenía antecedentes policiales
—explica el sub prefecto de Investigaciones de Concepción, José Luis
López, quien estuvo encargado de recuperar los bienes saqueados. Sabe
que son villas habitadas por personas que, en circunstancias normales,
quieren más policías en las calles. Durante ese fin de semana
protagonizaron uno de los saqueos más grandes, pero eran a tal punto
inconscientes de la situación que en las noches acordonaron sus barrios
porque temían la llegada de saqueadores. De otros saqueadores.
La vergüenza
Cuando la ciudad volvió a la calma, los detectives visitaron la zona.
—Les hicimos saber que si no devolvían cosas, los allanarían los
militares. Les propusimos que dejaran las cosas en la calle y nadie
sería detenido— explica el detective López.
Luciano Bascuñán convocó a sus vecinos a una reunión y los retó:
—Volvió la luz y pudimos ver en las noticias como estaba sufriendo la
gente de Talcahuano, de Constitución y de tantos lugares. Nos dimos
cuenta de la suerte que habíamos tenido y lo mal que habían actuado. Les
dije lo que les dolía: que ahora nos iban a tratar como un barrio de
delincuentes y no les iban a dar trabajo. Les dije que no criticaba el
robo de comida, porque nadie sabe qué va a pasar mañana. “Pero acaso van
a comer una tele, vecinos”, les dije. “Están lucrando mientras la otra
gente lo pasa mal”. Chuta, la gente estaba callada, con la cabeza para
abajo y después empezaron a pedir disculpas. Había 300 personas reunidas
y 80 hablaron.
Fue una catarsis. La policía había fijado la entrega de la mercadería
para el domingo. Al mediodía, los vecinos empezaron a sacar las cosas,
muchas aún con embalados. Las fotos de esa devolución son
impresionantes: cuadras llenas de mercadería. Era tanto el material, que
los policías estuvieron un día entero cargando camiones y llenaron tres
gimnasios.
—Devolvimos todo. No allanaron a nadie y ninguno se fue preso. Yo pido
disculpas por mis vecinos. Qué le puedo decir: nos dejamos llevar por un
tema sicológico, por el momento que vivimos— dice el dirigente. Agrega:
“No estábamos preparados para un terremoto como este. Nos faltó
educación cívica sobre qué hacer”.
Regresar las cosas a sus dueños no fue fácil. Una fuente uniformada
señala que tuvieron fuertes discusiones con las multitiendas para
obligarlos a reconocer las especies.
—Un gerente nos dijo: “llévense las cosas a la casa si quieren, está
todo asegurado, nos da lo mismo”. Finalmente accedieron a recogerlas
para no dar una mala señal social y se las entregaron a las
aseguradores, que las van a rematar— explica la fuente.
La cárcel y el miedo
Antes del terremoto, el mar de la bahía de Talcahuano estaba entre los
más contaminados de Chile. El tsunami, sin embargo, devolvió los
desechos en forma de un lodo maloliente que se depositó en las calles.
Daniel Muñoz vio ese barro el mismo 27 de febrero, cuando llegó a las cercanías de la Compañía General de Electricidad (CGE).
—Era un barro negro, pegajoso. Era como si el mar hubiera vomitado. Ahora la bahía está limpiecita— dice.
Cuando se fue, un par de horas después, no solo estaba entero sucio, sino que había embarrado su vida.
Daniel Muñoz era capitán de bomberos de la Tercera Compañía de
Talcahuano. Durante toda la mañana del sábado trabajó junto a sus
hombres en el rescate de heridos y muertos.
—Rescatamos ocho cadáveres esa mañana—, recuerda.
A mediodía los enviaron a recuperar documentos del cuartel, ubicado al
frente de la oficina central de la CGE. Recuerda que empezó a formarse
un tumulto ante las puertas de la empresa y de pronto sintió el
estallido de los ventanales y la algarabía de la gente entrando. Lo
primero que pensó fue que tenían que irse, porque la horda podía
quitarles los equipos. Cerró el cuartel, pero al subir al carro vio que
había cajas adentro.
—Pregunté de dónde habían salido. Nadie me dijo nada claro, pero yo
entendí. No nos podíamos quedar ahí y mandé que nos fuéramos. El
teniente me decía que teníamos que devolver las cosas, pero mientras
avanzábamos yo pensaba que si íbamos a Carabineros o Investigaciones,
los cabros iban a quedar presos. No podía hacer eso.
Según su versión, decidió esperar el momento para devolver todo. Pasaron días, semanas. Pasó un mes, hasta que los descubrieron.
De acuerdo a la acusación de la fiscalía, el 27 de febrero Daniel y sus 6
hombres se llevaron de la CGE un LCD de 37 pulgadas, un equipo musical,
una CPU, una máquina de coser, un secador de pelo, dos PlayStation, un
notebook, dos cámaras fotográficas. Repartieron las mercaderías en
distintas casas usando el carro de bomba. El tribunal lo calificó como
robo con fuerza en lugar no habitado y los condenó a más de 300 días de
presidio, pena que no se cumple en la cárcel sino que firmando y pagando
una multa.
Para Daniel y para varios de los bomberos, las penas graves fueron
otras: los expulsaron de su institución y Daniel, quien trabajaba como
bombero en Asmar, también perdió su empleo. La exposición pública del
caso lo obligó a congelar sus estudios de Química Industrial. Pero lo
peor fue la cárcel. Aunque su condena no contempló ese castigo, pasó
junto a sus hombres 11 días en prisión preventiva.
Como la mayoría de los condenados, no tenía antecedentes policiales. E
igual que ellos, sentía que los delincuentes eran otros, gente muy
distinta a él. Fue muy traumático ver que la maquinaria de fiscales,
leyes y medios de comunicación implacables, apuntara sobre ellos.
—Sentía que nos querían usar de ejemplo. Cuando nos dijeron que iríamos a
la cárcel no lo podía creer. La noche previa fue larguísima. A mí hasta
me daba miedo caminar en la noche por algunas calles, entonces saber
que iba a ir al lugar donde está todo lo que me da miedo, era terrible.
Los encerraron en el Manzano Dos:
—Llegamos cuando estaban todos en las celdas. A un amigo le preguntaron
por qué habíamos caído y él contestó que era por robo. “Pero ustedes son
imputados”, le dijo el preso y se empezó a reír: “Es que aquí estamos
los rematados, somos todos malos”. Después se dieron cuenta de quiénes
éramos. Y empezaron a gritar “¡Son los bomberos!” y golpeaban las
celdas. Ahí me dio indigestión. Se reían y gritaban “mañana te tengo
harta ropa para que me laví, hueón”. Yo no pude dormir. Tiritaba y no
era por frío.
Como andaban en grupo no les hicieron nada y algunos incluso los
trataron bien. Al salir, Daniel tenía otra mirada respecto de los
delitos y de la forma implacable como los cuentan los medios.
Ahora, reflexionando sobre lo ocurrido, dice poco: “Nos fuimos en la volada”.
El fiscal de Talcahuano, Andrés Cruz, escuchó decenas de explicaciones
similares. Eran amas de casa, estudiantes universitarios, obreros,
carpinteros marinos mercantes, escolares…
—Cuando les preguntaba por qué lo habían hecho me decían: “Es que como
estaban todos robando”. Nada más. Eso me hace pensar en algo que leí
sobre la banalidad del mal. Uno espera que el que comete un delito sea
un monstruo sin moral, pero la mayor parte de las veces es una persona
como usted o como yo que puesta en determinadas circunstancias hizo algo
que no debía.
El fiscal relata que en esas jornadas de caos hubo también delincuentes
organizados que robaron a un ritmo profesional. Pero el grueso del
saqueo no fue hecho por ellos.
—¿Sabe? Mucho del robo respondió a la lógica de la compra de
liquidación. Había gente que se llevaba 50 botellas de Coca-Cola, o
jabas vacías. ¿Para qué? Pensaban como en una liquidación: no lo
necesito, pero está barato. Aquí era gratis.
Vista así, parte de la destrucción puede leerse como una enorme barata
de temporada en la que los chilenos –que según muchos sociólogos ya no
son ciudadanos sino consumidores— se volvieron locos.
Tal vez la única lección positiva que se pueda sacar es ésta: durante
los días en que la autoridad desapareció de varias ciudades importantes,
los delitos violentos bajaron. No hubo más violaciones, ni homicidios
ni agresiones o asaltos.
Sin la autoridad encima lo que muchos chilenos hicieron fue robar.
El ingeniero del Santa Fe y los juicios que vienen
El ingeniero Christian Díaz, fue fotografiado a la salida de un
supermercado en San Pedro de la Paz, cargando comestibles en su
camioneta Santa Fe y se transformó en un caso emblemático de las
jornadas de saqueo.
A Díaz, la fiscalía lo formalizó por robo en lugar no habitado. Su
representación la asumió el jefe de la defensoría de Concepción, Pelayo
Vial.
“Él dice que bajó al supermercado tipo 4 de la tarde, hizo una fila y
entró. Estaba medio apagado, le dieron tres bolsas, y sacó y se fue
¿Pagó? No, no pagó porque no se podía pagar. Y eso le consta a mucha
gente que hizo la cola. Y me consta a mí porque yo vi la fila. Entonces,
¿esto es saqueo? No. La fiscalía lo acusaba de robo en lugar habitado,
lo que es un chiste.
Esto es como máximo un hurto, aunque si se demuestra que una persona
entregaba la mercadería, no es ni siquiera es eso. Pero supongamos que
es un hurto: lo cometió una persona sin antecedentes que además reparó
el daño”.
Para el abogado Vial, el final que correspondía era un acuerdo
reparatorio. Y si no, entonces una suspensión condicional del
procedimiento es decir, que el ingeniero queda con firma durante u año y
luego se sobresea la causa.
—Eso es lo que se hace en cualquier causa de hurto donde la persona
repara el daño y no tiene antecedentes. Pero en este caso la fiscalía
pidió la prisión preventiva y la corte lo confirmó. Eso no ocurrió en
este caso solamente sino también a otras 200 personas
Vidal cree que lo que ocurrió aquí es que hubo “puras prisiones
preventivas desproporcionadas”. En la defensoría aseguran que van a ir a
juicio oral para demostrar. Vial prevé el resultado:
“Estas causas van a terminar todas con penas no privativas de libertad. Y
sin embargo estas personas estuvieron privadas de libertad. Es vedad
que en Chile hay un margen importante de error de personas que pasan un
periodo privados de libertad y luego reciben condenas que no incluye
eso. Lo que me gustaría saber es si en estas causas, el estado se
equivocó mucho más de lo normal. Y es grave si pasó eso porque cuando
los operadores del sistema no aplican la ley porque hubo un terremoto,
chuta ¿qué va a pasar si hay una dictadura? Porque tenemos una historia
bien triste a mime preocupa como operador que se estire la ley. Es súper
preocupante para la sociedad que se fuerce la ley. 29 de Junio de 2010
Saqueadores post terremoto II: La horda que nunca llegó a las casas
Poco después de finalizado el terremoto del 27 de febrero, miles de
chilenos debieron asumir un nuevo temor: a la horda que vendría a
saquear sus hogares. El rumor del peligro inminente se esparció como una
nueva onda sísmica por los barrios de las zonas más afectadas. Los
pasajes se blindaron con improvisadas barricadas y rejas mientras los
vecinos se armaban con lo que encontraban a mano para defender sus
casas. Aunque muchos vivieron esos días como una película de horror, lo
cierto es que no hay registro de saqueos a hogares. Es más, en algunos
lugares fueron las autoridades las que provocaron más terror.
Hugo Harrison llegó a Concepción tres días después del terremoto. Cuando
avanzaba en su auto zigzagueando entre escombros de edificios y restos
humeantes de supermercados, se encontró con una turba que cortaba la
calle. Calcula que eran unos 150 hombres. Estaban armados con palos,
hachas y machetes. También tenían varas de coligüe de tres metros de
alto en cuya punta habían amarrado cuchillos.
Harrison ya había visto el edificio Borde Río derrumbado y la horrible
impronta de la torre O’Higgins, que era la más alta de la ciudad y que
aún hoy sigue ahí como un enorme recordatorio del desastre. Esas
visiones apocalípticas se completaron con este grupo que parecía sacado
del cine futurista o del pasado de la zona del Bío bío.
“Parecía un ejército mapuche”, dice. Y agrega: “me sentí metido en la película Mad-Max”.
Harrison iba con su esposa y sus dos hijas de 3 y 5 años. El grupo lo
hizo parar. Los tipos que los detuvieron tenían cuchillos. No había cómo
girar el auto y devolverse. Solo había dos opciones. Acelerar y matar
al que se interpusiera, o parar. Lo pensó.
Lo pensó en serio.
¿Qué habría hecho usted?
Hugo Harrison paró.
Le preguntaron a dónde iba. Él les contestó que a su casa en San Pedro
de la Paz. Los tipos se miraron, miraron hacia adentro del auto,
(Harrison no sacaba la vista de los cuchillos) y le dijeron: “váyase”.
El encuentro duró sólo 15 segundos.
¿Qué hacía esa gente ahí? ¿Eran asaltantes? ¿Iban a saquear algo?
Harrison piensa que no le hicieron nada porque no llevaba nada de valor.
Especula que tal vez estaban ahí esperando camiones con mercaderías
para asaltarlos.
Aunque eso es posible, también puede ser que simplemente fueran vecinos
del sector, armados para defenderse. Harrison no lo cree pues la
población que estaba ahí cerca era muy pobre. “La mediaguas que están
entregando a los damnificados son lujosas al lado de sus casas. Es una
zona con mala fama ¿quién se iba a ir a meter a quitarles algo?”,
argumenta.
Suena irracional. Pero el autor de este reportaje recorrió en cuatro
oportunidades las ciudades entre Constitución y Lota y vio guardias
armados tanto en barrios muy pobres como en las zonas más elegantes. En
todos lados se temía a la horda, pues todos sentían que había alguien
menos favorecido que los podía atacar. No hubo ciudad en que los vecinos
no pasaran un par de noches preparándose para ese ataque.
Santo y seña
En esos mismos días, el subprefecto de Investigaciones José Luis López
hacía rondas en Concepción. Y recuerda que lo que más lo impresionó fue
la cantidad de gente armada que encontraba a su paso. La mayor parte de
la ciudad estaba cortada por barricadas y con vecinos armados de
pistolas, escopetas, palas, cuchillos amarrados a palos como lanzas,
bates de baseball y muchas hachas, pues en esa zona la madera es muy
usada para calefacción.
-Había tal cantidad de armas que ni siquiera teníamos posibilidad de fiscalizar -explica el policía.
Todos los barrios tenían otro barrio al que temer. En Concepción los
vecinos de Villa Alto Palomares, —que participaron masivamente en el
saqueo de las bodegas que había en su zona— temían al ataque de los de
Villa Lautaro, que habían saqueado las mismas bodegas (después sabrían
que los de la Lautaro también les temían a los de Palomares y que en
virtud de ese mutuo miedo se pasaron varias noches en vela esperando un
ataque).
En Villa Palomares decidieron identificarse con un brazalete blanco y
fijaron un santo y seña con el nombre de su población en diminutivo.
—¿Quien vive?
—¡Villita palomares!
El dirigente de esa zona, Luciano Bascuñán, dice que en esas noches los patos malos locales se volvieron importantes y queridos.
—La gente les tenía confianza porque estaban protegiendo a su barrio.
Todos se acercaban a ellos, los trataban como amigos. Y ellos ni
siquiera tomaban un trago porque estaban dispuestos a pelear por sus
vecinos.
En Talca, donde no se registraron ni de lejos los masivos saqueos a
locales comerciales que se produjeron en Concepción o Talcahuano, la
gente igual sintió que debía defenderse de la horda.
En la fiscalía cuentan de un condominio de sector medio alto al que se
le cayó el muro perimetral. Los vecinos se organizaron porque era obvio
que irían a robarles. Se armaron, bloquearon los accesos, montaron
turnos. La noche del domingo vieron luces acercándose. “Vienen”,
dijeron.
Dispararon al aire.
-Los que venían eran de Investigaciones y los policías también
dispararon En el condominio pensaron que había llegado el momento…
Investigaciones pidió refuerzos. Fue un milagro que eso no terminara mal
-cuenta Isabel Hernández, abogada de la fiscalía de esa ciudad.
La abogada Hernández piensa que los chilenos aquella noche nos dejamos llevar por la histeria y por la desconfianza.
-Yo vivo en un lugar muy tranquilo, fuera de Talca, que tiene cerca una
población. Nunca ha habido un problema con ellos, pero resulta que al
día siguiente del terremoto la presidenta de la junta de vecinos me tocó
el timbre y me dijo: “Vienen”. “¿Quiénes?”, le dije yo. “Los de la
población de en frente. Vienen 80 personas en un camión esta noche. Así
que nos vamos a vestir todos con camisas blancas para reconocernos,
vamos a cerrar la entrada con el camión de un vecino y vamos a hacer
turnos de guardia”. Mi marido le dijo: “No entiendo cómo tiene usted
detalle del camión y del número de personas… Si fueran a venir no creo
que le hubieran avisado”.
La vecina se molestó. La abogada Hernández se quedó inquieta y en la
noche decidió confirmar la situación con el fiscal de turno.
-Pregunté cuál era la situación de la ciudad, cuántos detenidos en
saqueos tenía. ¿Sabe cuántos eran?: Sólo dos. Eran un par de
adolescentes que se metieron a un local y arrancaron con una botella de
pisco y los pillaron curados como zapato. Ese fue el único incidente
delictual en Talca la noche en que la gente estaba convencida de que
estaban robando todas las casas.
La abogada trató de calmar a sus vecinos sin mucho resultado. Durante
las siguientes semanas en la fiscalía de Talca se tuvo antecedentes de
algunos saqueos a locales comerciales, pero no se recibió ninguna
denuncia de saqueos de casas. Pese a eso, muchos quedaron convencidos de
que la horda sí había azotado la ciudad y que ellos habían tenido la
suerte de no encontrársela. Una semana después del terremoto, la abogada
fue al cumpleaños de un pariente y su familia empezó a retarla.
-Mis papás me decían “ah, no sé dónde estás trabajando tú, pero aquí
roban en todas las casas”. Yo les contestaba: “a ver, ¿quién hizo una
denuncia?”. “Es que entraron a la casa de fulanita”. Bueno, a la semana
me encontré con fulanita y me dijo, “no, a mi casa no pero la vecina, me
contó que a su tía…” Eran puros cuentos así. A mí me parece que lo que
ocurrió esas noches es que el chileno se puso particularmente histérico.
Por supuesto, no se puede descartar que en algún barrio de la extensa
zona afectada por el terremoto este fenómeno haya ocurrido. Sin embargo,
no hay ningún registro oficial de ello. En todas las ciudades visitadas
por CIPER para este reportaje sólo hay una ocasión en que la pesadilla
del “vienen” se materializó: fue en la comuna de San Pedro de la Paz, al
sur de Concepción.
En la parte alta de la comuna, en el sector de Andalué hay casas de 6
mil UF y más, en las que viven profesionales bien rankeados y
empresarios de la zona. En la parte baja, cerca del mar, están las
poblaciones de Boca Sur y Michaihue cuyos habitantes, la madrugada del
sismo, arrancaron hacia los cerros y se instalaron en carpas en los
sitios eriazos y en las plazas de sus vecinos abeceuno.
Pelayo Vial, jefe de Estudios la Defensoría de Concepción, vive en el
sector de Andalué y recuerda la ola de gente que llegó esa noche.
—Venían con muchas cosas que eran producto de los saqueos, sobre todo
comida y se quedaron dos días acampando. A mí me daba lo mismo, no le
tengo miedo a la gente, pero en mi vecindario estaban muy nerviosos.
Inmediatamente se formaron guardias armadas para defenderse “de las
hordas de flaites”. No ocurrió nada, no hubo robos, ni saqueos. Pero sí
me llamó la atención la cara de los de Boca Sur: tenían una mirada un
poco de odio, como diciéndote “tenga miedo, ahora que no hay ley, somos
todos iguales”.
—Curioso eso: la ley debería hacernos iguales a todos.
—Sí. Pero no es así. Por eso creo que lo más terrible que pasó esa noche
no fue lo delictual sino como se manifestó el tema social. La gente de
Andalué hacía reuniones para organizar la guardia nocturna y llamaban
insistentemente a la policía para que fueran a sacar a los de Boca Sur.
A los dos días la PDI los desalojó sin problemas. Sólo en una casa los
detectives vieron algo curioso. Lo cuenta el sub prefecto López:
-Llegamos a un inmueble muy lindo y en el antejardín encontramos una
familia con carretón. Les dijimos que tenían que irse y el hombre nos
dice, “no, si nosotros estamos aquí porque el jefe nos dijo que ni un
problema”. Nos extrañó, así que golpeamos la puerta. Y el dueño de casa
lo confirmó y nos dijo en privado: “Es muy sencillo: los tengo aquí, los
dejo entrar al baño, les doy de comer y a nosotros no nos pasa nada”.
Como si hablara de sus rottweiler.
Maten si es necesario
En todas las ciudades hubo una noche de miedo máximo. En Concepción,
dice el sub prefecto López, fue la noche del domingo para el lunes,
cuando los saqueos a los locales comerciales se habían vuelto masivos y
la autoridad se había dado cuenta de que no podía controlar la
situación.
-Esa noche el miedo se podía cortar con un cuchillo. Nadie sabía para dónde iba la cosa.
En Talcahuano, arrasada por el mar y los saqueos, mucha gente estaba muy
angustiada. Daniel Muñoz, capitán de Bomberos de la tercera compañía de
esa ciudad, recuerda que la cuarta noche, cuando recién se habían
restablecido las comunicaciones, sintió tanto miedo que llamó a su
primo, con el que es muy unido y le dijo las cosas que solo se dicen
cuando se está curado.
—Le dije que lo quería a él y también a su hija. Hablé llorando. Todos
aquí pensábamos que no pasábamos esa noche. La gente estaba como loca,
se oían disparos todo el tiempo. Y de pronto las personas empezaban a
gritar, ahí vienen, ahí vienen, ahí vienen —relata el bombero.
Muñoz fue formalizado por saquear una tienda en Talcahuano y pasó 11
días en prisión preventiva. Es uno de los que con sus actos aterrorizaba
a los otros. Y tenía miedo igual.
En la zona de San Pedro, pese al desalojo de los pobladores de Boca Sur,
las noches siguieron siendo angustiosas durante semanas.
Hugo Harrison, que vive en un condominio cercano a Andalué pero de clase
media (San Pedro del Valle), tenía para defender su casa el palo del
quitasol y los cuchillos del almuerzo. Durante varios días, después de
toparse con la muchedumbre al entrar a Concepción, cada vez que tenía
que salir en auto a buscar comida o combustible, conducía con un
cuchillo en el asiento del copiloto y otro debajo suyo. Nunca le ocurrió
nada. Sólo tuvo un altercado con un conductor que se le coló en la
fila. Pero la verdad es que no había como sentirse más tranquilo.
Sin luz, la única comunicación posible era con otras personas tan
asustadas como él y la radio Bio Bío que transmitía noticias: es decir
cosas impactantes. Por ejemplo, el angustioso llamado del alcalde de
Hualpén, Marcelo Rivera, pidiendo que enviaran militares a defender su
comuna. El alcalde lloraba: “que maten si es necesario” y contaba que la
turba había asaltado hasta la municipalidad. “Los delincuentes se han
tomado la ciudad, manden efectivos”.
Con la voz quebrada agregó que le estaban saqueando la municipalidad y que la turba también había saqueado casas.
Oír a una autoridad fuera de control sí que daba miedo.
Ante la falta de autoridad, en todos lados las personas buscaron refugio
en sus vecinos. Los que ni se saludaban, ahora se turnaban en las
guardias. Protegían a sus hijos, compartían la comida que había. Y
estaban alertas. El miedo no dejaba que nadie se diera cuenta de que en
el vecindario del lado estaban en las mismas. En ese momento de extrema
necesidad, lo que nos hizo sentir seguros no fue la unión de todos los
chilenos, no fue la idea de Nación que este año festeja los 200 años,
sino el vecindario, el clan, algo que es aún más antiguo.
En San Pedro del Valle los vecinos se coordinaron con detectives y
militares para protegerse de quienes podían venir a saquear sus hogares.
Tenían claves y alarmas y contraseñas que cambiaban todos los días. A
veces alguien creía ver algo, sonaban alarmas y el miedo era en vano.
Una noche fue peor porque la guardia estuvo segura de haber visto gente
entrando en casas que estaban vacías y el sistema se activó.
-Llegó un camión de militares, lanzaron bengalas y dispararon sus metralletas –dice Hugo.
No es fácil estar con tu familia en un lugar donde se dispara armas de guerra.
En Talcahuano el abogado de la Defensoría, Franco Lemus, recuerda que un
grupo de infantes de marina se instaló cerca de la entrada de su
condominio y se puso a hacer prácticas de tiro durante la noche.
-Nos dijeron que iban a hacer primero una a las 12 otra a la 1 y si
luego volvíamos a sentir disparos, entonces la cosa era en serio y que
nos metiéramos en las casas porque iban a disparar a matar.
Efectivamente a las 12 escucharon ráfagas de ametralladoras. Y a la una
de la mañana a Lemus le tocó ver la práctica porque la hicieron al lado
de su casa. Llegó el camión militar a toda velocidad, frenó con ruido y
derrapando y los uniformados bajaron dando gritos: “¡Armada de Chile,
deténgase!”. Y luego abrieron fuego hacia los cerros.
-Era una locura. La gente vio eso y pensó que venía lo peor —reclama el abogado.
En el marco de las autoridades que no ayudaron a bajar la ansiedad de
los chilenos, el alcalde de Hualpén merece una mención especial. Su
relato llenó de angustia a todos en Chile y aterrorizó a la gente de la
zona.
Sin embargo, Hualpén nunca estuvo tomada por delincuentes, como él dijo.
Hubo saqueos en los supermercados y éstos fueron realizados igual que
en todos lados por personas mayoritariamente sin antecedentes penales.
Pero no hubo muertos, ni barrios arrasados.
De hecho muchos piensan que fuera de los comerciantes, el único gran
damnificado en la zona fue el propio alcalde, quien denunció a la
fiscalía que en los días posteriores le robaron de la caja fuerte de su
departamento, 80 millones de pesos.
-Es una cantidad grande -dice un poco sorprendido el concejal de Hualpén
Gabriel Torres-. Tal vez lloraba por eso cuando pedía militares, porque
aquí no pasó nada tan terrible. Ni siquiera fue cierto que saquearan la
municipalidad, como él dijo.