| Un recuerdo de Sevilla a propósito de la educación |
| por Manuel Acuña Asenjo (Chile) | ||||||||
| jueves, 04 de febrero de 2010 | ||||||||
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Un derecho en entredicho Sin embargo, semejante raciocinio, basado en la concepción vertical de la sociedad, alienta y promueve la arbitrariedad; por consiguiente, la falta de equidad. La injusticia. Los casos de alumnos acusados falsamente de ‘copiar’ no son pocos sobre la faz del planeta. España, bajo una cultura autoritaria heredada del franquismo, ha sido escenario de semejantes hechos. Hace algún tiempo, la situación hizo crisis y alcanzó tan alto nivel de gravedad que uno de sus centros de saber quiso dar una solución al problema y ensayar una posible fórmula al respecto. Como lo expresa la canción, en ‘Sevilla tuvo que ser, con su lunita plateada’… Así fue. En el curso de la primera quincena del pasado mes de enero, decidió el Consejo de Gobierno de la Universidad de Sevilla, modificar el art. 20 de su Reglamento y conceder a los estudiantes el derecho a reclamar en caso de ser acusado de estar ‘copiando’ en el curso de los exámenes. Procuraba el ilustre cuerpo colegiado de esa casa de estudios evitar, de esa manera, una reprobación motivada por hechos aparentemente comprobados, simples sospechas o circunstancias no del todo claras. De acuerdo con la normativa, en lugar de aceptar la decisión del maestro de reprobar el examen rendido en esas circunstancias, se concedió al mismo la facultad de elevar el caso a un tribunal paritario compuesto por tres profesores y tres alumnos para que se pronunciasen al respecto. Bastó, sin embargo, esa pequeña reforma para que críticas de toda índole se dejaran oír. Los medios de comunicación son formadores de ideología, construyen cultura; al propagar determinadas noticias y silenciar otras, al colocarlas en primera página y con determinado formato, al decidir sobre los titulares y el tamaño de sus letras, enseñan acerca de lo que debe o no considerar importante el conjunto social. Más aún cuando la noticia no es entregada en forma objetiva, sino comentada. En tal caso, se crea una opinión pública desfavorable. El contenido verdadero de la noticia es suplido por un comentario con carga ideológica, generalmente en apoyo del sistema vigente. Las fuerzas conservadoras de la sociedad prevalecen por sobre las del cambio. Así sucedió con la decisión de la Universidad de Sevilla. Porque algunos medios de comunicación informaron que, a partir de ese momento, se concedía a los alumnos el derecho a ‘copiar’ y a consultar los textos escolares en el transcurso del examen. Las conclusiones que se derivaban de tal razonamiento (equívoco, por cierto) eran drásticas: la Universidad ponía fin al sistema del control del saber, pues terminaba con los exámenes. Fomentaba la flojera y el engaño. Promovía la producción de profesionales mal preparados. Creaba desconfianza hacia las aulas universitarias. Dañaba y deterioraba la buena imagen de las Universidades ante la comunidad nacional e internacional, en fin. En una declaración que traducía la más pura esencia del espíritu franquista, vigente aún en numerosos estamentos de la sociedad española, finalmente, uno de los más connotados miembros de la Junta de Innovación de Andalucía se pronunció diciendo que la medida constituía un ‘disparate’ necesario de corregir. Bastaron esas simples palabras para que el 25 del mismo mes, decidiese el Consejo de Gobierno de la Universidad eliminar tal disposición. Las medidas anteriormente expuestas no pueden ser analizadas en forma somera sin antes referirnos a un hecho crucial: el problema educacional no es algo nuevo, pues se enmarca en la crisis generalizada que denunciara Iván Ilich, en 1973, con la edición de su libro “After deschooling, what?” (traducido al castellano bajo el nombre de “Un mundo sin escuelas”), y que, dos años más tarde (1975), condenara Michel Foucault en su obra “Surveiller et punir” (publicado por la Editorial Siglo XXI como “Vigilar y castigar”). Un problema que, en lugar de desaparecer, se ha acentuado bajo la nueva forma de acumular.
El proceso de asimilación cultural No existe, no ha existido ni podrá existir ser humano alguno que domine por entero una especialidad. La investigación está constantemente abriendo campos nuevos y abandonando otros ya explorados. No por algo un buen profesional permanentemente está consultando a investigadores, libros o análisis, y confrontando experiencias ajenas. Para pronunciarse sobre las materias de su competencia requiere conocer principios generales, una determinada metodología de investigación, pensar, relacionar y descubrir los nuevos avances dentro del área de su competencia. No requiere, por consiguiente, estar rindiendo ante autoridad alguna pruebas de sapiencia memorizada a través de certámenes o exámenes periódicos.
Desconfianza hacia el estudiantado La desconfianza hacia el estudiantado se extiende, además, a los padres y apoderados por su estrecha vinculación con el alumno. En los países donde la enseñanza es pagada, sólo deben desempeñar el rol de ‘financistas’ de los estudios de sus vástagos. Como éstos, tienen escasa o nula participación en cuanto a decidir acerca del destino que la sociedad les depara; en consecuencia no deciden lo que han de aprender, cómo han de hacerlo, ni cuáles son las tendencias que se advierten en el mundo actual y pueden servir de guía para una mejor educación. Los lazos que unen a padres e hijos, la ‘unidad originaria’ entre madre e hijo de la que hablaba Erich Fromm, aparece rota frente a la escuela. Los hijos son entregados material y espiritualmente al estado. El alumno es un ser huérfano en medio del concierto social, materia prima, moldeable, maleable, arcilla para ser modelada y dar nacimiento al ‘ciudadano modelo’, incapaz de imaginar un mundo diferente a aquel dentro del cual ha sido inmerso. La desconfianza de la autoridad hacia el estudiantado se basa, precisamente, en el principio básico de la organización en virtud del cual ‘esse persistere in esse est’ (‘quien persiste en lo que es, continúa siéndolo’); si así no lo hiciera, el sistema estaría preparando su propia inmolación. Y los sistemas no tienen vocación de suicidio. Por el contrario: impelen a que lo hagan aquellos componentes que no les son útiles. El resto debe marchar en la dirección elegida.
La absoluta indefensión del estudiantado
La parcialidad de las críticas Personalmente, jamás he visto una crítica dirigida en contra los jefes de estado y de los hombres de negocios que, por razones de haber contribuido a abrir ciertos centros de estudios superiores o a elevarlos de categoría, son agraciados por éstos con el título de ‘Doctor Honoris Causa’, y habilitados para dictar cátedra sobre cualquier materia, sin haber pasado jamás por las aulas universitarias. Así, se da el contrasentido que una celebridad puede ser ‘profesional’ sin serlo, y ser considerado como tal; pero si lo pretende hacer una persona corriente, tal osadía reviste el carácter de delito. ¿Existe alguna denuncia ante la opinión pública en contra de las Universidades que, presionadas por la situación económica, han debido pedir dinero a ciertas organizaciones que les han exigido como contraprestación la creación de Facultades de Ciencias Ocultas o la incorporación a los ‘masters’ o ‘doctorados’ de ciertas disciplinas no solamente no reconocidas como tales sino abiertamente anticientíficas? ¿O de los convenios que se celebran con otros países para realizar ‘masters’ que jamás se llevan a cabo como tales y, sin embargo, dan la posibilidad de hacer acreedor a un certificado a quien los toma y rinden buenos dividendos?
El abandono de experiencias notables Quien escribe estas líneas fue alumno de una de las Universidades más libres de América, la Universidad de Concepción. Dicho plantel no era una excepción. Lo que allí sucedía, también comenzaba a suceder en otros lugares del país. Eran tiempos en que los estudiantes no pagaban sus estudios, participaban en la elección de sus rectores y vicerrectores, en la selección de sus maestros, en la confección de los planes de estudio, en la vida social del país. Grandes manifestaciones, como la de París en 1968, abrieron las puertas a las grandes reformas estudiantiles. Por eso, es lamentable lo sucedido en Sevilla. Es lamentable porque, por una parte, demuestra la enorme fuerza que posee la ideología imperante, obstáculo a menudo insalvable para cualquier intento de innovar en beneficio de la formación de un ser humano más integral; lamentable, por lo demás, pues se da en España, nación que se caracterizó en los siglos anteriores por su extrema condescendencia en materia de reconocer los derechos estudiantiles, de lo que dan cuenta sus propios escritores en obras tales como ‘El estudiante de Salamanca’. En la España de la Edad Media, los alumnos tenían el derecho de elegir a sus profesores. Francisco de Vitoria, el ilustre fundador del Derecho Internacional, como tantas veces lo hemos repetido en nuestros artículos, fue elegido en el carácter de profesor, año a año, por sus alumnos, hasta el momento de su muerte, acaecida en 1546. Enfermo ya, e incapacitado para moverse por sus propios medios, era llevado en parihuelas por los estudiantes a las aulas de la Universidad de Salamanca para que pudiese impartir sus clases, en un ejemplo digno de ser imitado. Eso, sin embargo, no ha ocurrido. Los buenos ejemplos jamás se imitan. Por el contrario, el avance prodigioso de las fuerzas del mercado, la extrema verticalidad de una sociedad cada vez más jerarquizada y autoritaria ha sustituido las formas cordiales del cogobierno estudiantil.
Un posible comienzo para una reforma educacional
Por lo mismo, toda reforma educacional, para ser tal, debe comenzar por considerar a los verdaderos actores del proceso educativo que son alumnos, profesores, apoderados y estado; una reforma al sistema educacional debe, necesariamente, incorporar a tales elementos al estudio de los nuevos principios que han de regir. Ninguno de ellos ha de ser considerado elemento pasivo; ninguno de ellos es ‘objeto’ inerte, un elemento ‘cosificado’, sino se trata de sujetos pensantes y actuantes, seres humanos que tienen mucho que decir. Abogamos, por consiguiente, por una sociedad cuyas escuelas, universidades y centros de estudios superiores se encuentren organizadas, dirigidas y controladas por conjuntos sociales representativos de la comunidad, integrados por padres y apoderados, alumnos y profesores en forma paritaria, y representantes de la autoridad o gobierno nacional o local. Abogamos por escuelas donde la enseñanza impartida obedezca a una necesidad social que represente el interés de la colectividad y no el de grupos minoritarios convocados para hacer sólo negocios del arte y de la ciencia o para sostener la vigencia de una sociedad cuyos valores son, precisamente, los derivados del mercado y del dinero.
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