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Viernes 09 de Enero de 2009
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Hace 50 años se iniciaba el Movimiento de los No Alineados
por Rémy Herrera
martes, 21 de febrero de 2006
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Hace 50 años se iniciaba el Movimiento de los No Alineados
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Entrevista a Samir Ami, director del Foro del Tercer Mundo (Dakar) y del Foro Mundial de las Alternativas

El 50 aniversario de la conferencia de Bandung. ¿Hacia una nueva solidaridad renovada entre los pueblos del sur?
Pregunta de Rémy Herrera: Hace 50 años, en 1955, los principales jefes de Estado de los países de Asia y áfrica que habían recuperado su independencia política se reunían por primera vez en Bandung. ¿Cuál era su proyecto común?
Respuesta de Samir Amin: Los dirigentes asiáticos y africanos reunidos en Bandung eran muy diferentes entre sí. Las tendencias políticas e ideológicas que representaban, sus visiones de las sociedades que aspiraban a construir o reconstruir, y sus relaciones con Occidente, marcaban esas diferencias. Los movimientos de liberación nacional se repartían entre las tendencias radicales («socialistas») y las tendencias moderadas. Las causas de una u otra opción eran complejas, relacionadas con las clases sociales que apoyaban a los movimientos (campesinos, mundo urbano popular, clases medias o privilegiadas...), y con las tradiciones de su formación política y organizativa (partidos comunistas, sindicatos, Iglesias...). No obstante, había un proyecto común que les convocaba y daba sentido a su reunión. No había concluido la batalla histórica por la independencia. Entonces, su programa mínimo común incluía la descolonización política de Asia y áfrica. Además, todos estaban de acuerdo en que la independencia política recién recuperada sólo era un medio para lograr el fin de la liberación económica, social y cultural. Pero, sobre el modo de lograrlo, los asistentes a la reunión de Bandung se dividían en dos bandos: según la opinión mayoritaria, el «desarrollo» era posible en la «interdependencia» en el seno de la economía mundial; por su parte, los dirigentes comunistas proponían salir del ámbito capitalista para formar —con la URSS, o bajo su liderazgo— un campo socialista mundial.

Los dirigentes del Tercer Mundo capitalista, que no eran partidarios de «salirse del sistema» («desconectar»), tampoco compartían la misma visión estratégica y táctica del desarrollo. Pero todos ellos, en distinto grado, eran conscientes de que una sociedad desarrollada independiente —aunque fuera en la interdependencia global— implicaba algún tipo de enfrentamiento con el dominio occidental. La tendencia más radical era partidaria de poner coto al control de la economía nacional por el capital monopolista extranjero. Además, para mantener su recién conquistada independencia, se negaba a participar en el engranaje militar mundial y a servir de base para el cerco de los países socialistas que pretendía imponer el dominio estadounidense. Pero también pensaba que negarse a formar parte del bando militar atlantista no implicaba necesariamente colocarse bajo la protección de su adversario, la URSS. De ahí la neutralidad y «no alineación» que dio nombre al grupo de países y a la organización que surgiría del espíritu de Bandung.

R. H.: ¿Cómo reaccionaron las potencias occidentales frente a Bandung?
S. A.: Occidente no vio con buenos ojos el espíritu de Bandung y la no alineación, ni en su vertiente política ni en la económica. La verdadera saña con que las potencias occidentales atacaron a los dirigentes radicales del Tercer Mundo de los años sesenta (Nasser, Soekarno, Nkrumah, Modibo Keita), casi todos derrocados en esa época, entre 1965 y 1968 —cuando también se produjo la agresión israelí de junio de 1967 contra Egipto, Siria y Jordania—, demuestra que la visión política de los no alineados era inaceptable para la alianza atlantica.

R. H.: ¿Cómo ha evolucionado la «no alineación» con el tiempo?
S. A.: De cumbre en cumbre, durante los años sesenta y setenta, la no alineación, transformada ya en el «Movimiento de Países No Alineados» que incluía a casi todos los países de Asia y áfrica, fue perdiendo poco a poco su carácter de frente solidario centrado en las luchas de liberación y el rechazo de los pactos militares, para transformarse en un «sindicato» que planteaba reclamaciones económicas al Norte. Entonces, los No Alineados se aliaron con los países de América Latina que, excepto Cuba, no habían osado oponerse al hegemonismo estadounidense. El Grupo de los 77 —el conjunto del Tercer Mundo— fue la plasmación de esta nueva y amplia alianza de países del Sur. La batalla por un «Nuevo Orden Económico Mundial», presentada en 1975 tras la guerra [árabe-israelí] de octubre de 1973 y la revisión de los precios del petróleo, completó esta evolución y marcó su decadencia. Lo que se ha dado en llamar «ideología del desarrollo», hoy sumida en una crisis que puede serle fatal, tuvo su «época dorada» precisamente entre 1955 y 1975.

R. H.: ¿Cómo puede definirse la «ideología del desarrollo» de Bandung, la economía política del no alineamiento?
S. A.: Aunque la economía política del no alineamiento suele ser bastante imprecisa, podemos decir que comparte estos rasgos comunes: 1) un afán de desarrollar las fuerzas productivas, de diversificar las producciones, y especialmente de industrializar; 2) la atribución al Estado nacional de la dirección y el control del proceso; 3) la creencia de que los modelos «técnicos» son «neutros», que uno puede solamente reproducir, y controlarlos; 4) la creencia de que el proceso no requiere ante todo la iniciativa popular, sino únicamente el respaldo popular a las iniciativas del Estado; 5) la creencia de que el proceso no está en contradicción fundamental con el hecho de participar en los intercambios del sistema capitalista mundial, aunque surjan conflictos momentáneos con él.

Las circunstancias de la expansión del capitalismo en los años 1955-1970 propiciaron, hasta cierto punto, el éxito de este proyecto. Las políticas de desarrollo aplicadas en Asia, áfrica y América Latina han sido idénticas en lo fundamental, más allá de los distintos planteamientos ideológicos que las han acompañado. Se trataba, en todos los casos, de sacar adelante un proyecto nacionalista de modernización acelerada de la sociedad por la industrialización. Para comprender este denominador común, baste recordar que, en 1945, casi todos los países de Asia (excepto Japón), de áfrica (incluida Suráfrica), y también de América Latina (aunque con matices), carecían de una industria digna de este nombre —excepto la extracción minera aquí y allá—, tenían una gran mayoría de población rural y sus regímenes políticos eran arcaicos o coloniales. Pese a sus diferencias, todos los movimientos de liberación nacional tenían las mismas metas de la independencia política, de la modernización del Estado, de la industrialización de la economía.

R. H.: ¿Todos estos países aplicaron realmente esta estrategia de desarrollo?
S. A.: Sería incorrecto decir que no la aplicaron todos cuando estuvieron en condiciones de hacerlo. Claro, las variantes son casi tan numerosas como los países, lo cual, en principio, justificaría los intentos que se han hecho de clasificarlos en grupos con arreglo a determinados modelos. Sin embargo, el riesgo es que los criterios de clasificación podrían responder a unas preferencias ideológicas, o por lo menos a la idea que tenemos o que se tenía en su momento de estas experiencias, de sus posibilidades y limitaciones exteriores e interiores. Por eso, al contrario, partiendo de un denominador común, creo que es preferible distanciarse de esas clasificaciones y ver la historia a partir de hoy, volver a interpretarla a la luz de sus resultados.

R. H.: ¿Qué implicaba exactamente la industrialización?
S. A.: Industrializar implicaba, ante todo, crear un mercado interior y protegerlo de los ataques de la competencia que impediría su formación. Las fórmulas podían variar según las circunstancias y los planteamientos más o menos teóricos o ideológicos (prioridad a la creación de industrias ligeras de consumo o a la de «industrias industrializantes»), pero la meta final era idéntica. La tecnología necesaria para la industrialización sólo podía ser importada, pero no significaba que el capital extranjero fuese propietario de las instalaciones. Eso dependía de la capacidad de negociación. En cuanto al capital financiero, cuando no se facilitaba su inversión en el país, se tomaba prestado. También en este caso la fórmula propiedad extranjera privada _ financiación pública (garantizada con el ahorro nacional o la ayuda exterior en donaciones y créditos) podía ajustarse al cálculo que se hiciera de los medios y los costes.
Las importaciones que requerían estos planes de aceleración del crecimiento por la industrialización sólo podían hacerse, al principio, a cambio de las exportaciones tradicionales de productos agrícolas o mineros. Se podía hacer, en una fase de crecimiento general, como la de la posguerra, cuando la demanda de casi toda clase de productos iba en aumento continuo (energía, materias primas minerales o agrícolas...).
Los términos del intercambio variaban, pero no anulaban sistemáticamente, con su deterioro, los efectos del crecimiento de los volúmenes exportados. La urbanización, las obras de infraestructura de transportes y de comunicaciones, la educación, los servicios sociales... estaban dirigidos, en parte, a proporcionar mano de obra cualificada para la industrialización, pero también tenían sus propios fines, para construir un Estado nacional y modernizar los comportamientos, como se aprecia en el discurso del nacionalismo, que entonces era por naturaleza casi «transétnico». Aunque la modernización se basaba en la industrialización, tampoco se reducía a ella.

R. H.: ¿Así que la intervención del Estado se consideraba absolutamente decisiva para el desarrollo?
S. A.: Desde luego. No se hacía esa contraposición, hoy tan frecuente, entre la intervención estatal —siempre negativa, contraria en esencia a la supuesta espontaneidad del mercado— y el interés privado —asociado a las tendencias espontáneas del mercado. Ni siquiera se hablaba de ella. Al contrario, todos los gobiernos compartían el criterio de que la intervención estatal era un elemento fundamental de la creación de mercado y de la modernización. Claro, la izquierda radical, con su interpretación ideológica tendente al socialismo, asociaba la expansión del estatismo a la eliminación gradual de la propiedad privada. Pero la derecha nacionalista, sin tener la misma meta, no se quedaba a la zaga en materia de intervencionismo y estatismo: la construción y la defensa de los intereses privados, según ella, requería un estatismo vigoroso. En esa época, nadie habría hecho caso de las majaderías que se oyen en los actuales discursos dominantes.
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