| Concentración económica, desigualdades sociales y exclusión política |
| por Jorge Arrate y Otros | |||||||||
| martes, 07 de octubre de 2008 | |||||||||
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A veinte años del triunfo del NO y luego de cuatro gobiernos de la Concertación, valoramos los avances que Chile ha experimentado en estos dos decenios, pero a la vez constatamos la existencia de una democracia imperfecta, en la que importantes anhelos populares se han visto frustrados. Se restablecieron las libertades básicas, pero se observa una decreciente participación ciudadana mientras siguen vigentes fuertes enclaves autoritarios. Destaca de forma preocupante el alto porcentaje de jóvenes que no ejercen su derecho a sufragio; un sistema electoral binominal que excluye tendencias políticas legítimas y cierra las puertas a nuevas fuerzas emergentes; una legislación laboral que dificulta el derecho a sindicalizarse, a negociar colectivamente y que desvirtúa el derecho a huelga mediante el reemplazo de los trabajadores; y, medios de comunicación bajo control de los principales núcleos de poder económico, que imponen un monopolio ideológico y limitan seriamente una auténtica libertad de expresión. La economía del país ha logrado un crecimiento que le ha permitido más que duplicar el producto nacional, aumentar sus exportaciones, modernizar su infraestructura y mejorar el nivel de vida material de gran parte de sus habitantes. Sin embargo, el modelo económico ha puesto en evidencia graves falencias. Las riquezas básicas, en particular el cobre, han sido entregadas de forma irresponsable a las empresas transnacionales extranjeras, obteniendo éstas inmensas ganancias, con escasos beneficios para los chilenos. El modelo de crecimiento devasta nuestros recursos, desprotege el medio ambiente y genera un futuro incierto a las próximas generaciones. Los frutos del crecimiento se han concentrado en unas pocas manos, persistiendo la mala distribución del ingreso y acentuándose las desigualdades sociales. La política económica se ha caracterizado por depositar su confianza en las decisiones del mercado, facilitando el accionar del gran capital, estrechando las oportunidades de progreso a los pequeños empresarios y privando de mayores oportunidades de empleo a todos los chilenos. Esta misma ceguera en el manejo de la política económica es la que ha provocado la reciente crisis financiera en los Estados Unidos, con efectos catastróficos en este país y sobre millones de seres humanos en todo el mundo. Es cierto que el crecimiento económico y los mayores recursos destinados a los programas sociales disminuyeron la pobreza. Pero la vigencia inmoderada de la acción empresarial en salud, educación y previsión, con su lógica de acumulación de ganancias como criterio supremo, ha generado una brecha social de envergadura. Se ha consagrado en el país una educación mediocre para los pobres y capas medias, junto a una educación privada empresarial para las familias de altos ingresos. La vulnerabilidad de la salud de los sectores de extrema pobreza y de capas medias es manifiesta, con hospitales en mal estado, largas esperas, médicos mal pagados y un programa AUGE que no ha contado con recursos suficientes para su adecuada aplicación. Al mismo tiempo el sistema paralelo de salud privada encarnado en las Isapres y sus clínicas sofisticadas, se basa en el tratamiento del seguro de salud como si fuera una mercancía más. Aunque hay que destacar el valor de la reforma previsional puesta en práctica, que introduce un pilar solidario con pensiones mínimas a quienes no tenían ese derecho y mejora las prestaciones más bajas, el sistema privado de AFP sigue siendo profundamente injusto y discriminatorio. Finalmente, el modelo económico imperante ha colocado a los consumidores de escasos ingresos en condiciones de extrema vulnerabilidad, como consecuencia del sistema crediticio usurario que han impuesto los almacenes comerciales y supermercados. El tratamiento distinto que se brinda a la población chilena en educación, salud y previsión así como la dramática precarización de los consumidores, según diferencias de ingresos, es éticamente cuestionable, políticamente insostenible y genera tensiones sociales peligrosas. Creciente Inconformismo Fuertemente, el inconformismo se ha hecho manifiesto en el plano social. Los jóvenes han dado cuenta de él en las protestas de rechazo a una educación ineficaz; también los ciudadanos de a pie, cansados con un Transantiago que ha afectado sus vidas cotidianas y también los jóvenes de las poblaciones marginales, con una rebeldía anárquica y a veces violenta. El oficialismo no ha sido capaz de enfrentar este balance con altura de miras, sentido autocrítico y espíritu consecuente con las raíces sociales del movimiento ciudadano que le dio origen. Se ha refugiado en el poder del Estado, que mantiene asociados a sus cuatro partidos, y en una permanente autoalabanza que genera falta de credibilidad. Más grave aún, no es capaz de abrir nuevas perspectivas. Quiere un quinto gobierno sin saber ni decir claramente para qué, salvo para continuar con el consenso explícito o implícito en estos veinte años con la derecha. Es especialmente preocupante la relación entre política y poder económico que se ha tejido en estos años. Se ha abierto paso, de este modo, una situación de indeseable promiscuidad público-privada, para beneficio de unos pocos y la exasperante frustración de las mayorías postergadas o excluidas. Ejemplo claro de lo señalado es el paso de ex funcionarios de gobierno o incluso de ex dirigentes de partidos a cargos de confianza en grandes consorcios privados, que esperan verse beneficiados con su capacidad de influir en las decisiones públicas. Es hora de hacer un giro, reponer los objetivos no logrados propuestos en el Programa de Gobierno de 1989 y agregar los desafíos surgidos en los últimos veinte años. Ya es tiempo de reconocer que si bien ciertos consensos al comienzo de la transición tuvieron una justificación política, los consensos que confunden gobierno con oposición, izquierda con derecha, progresistas con neoliberales, no la tienen. De necesidad, los consensos se han convertido mágicamente en virtud, sin una sola explicación clara a la ciudadanía. Una Vez Más Decimos NO El pueblo de la Concertación, el pueblo que votó NO a la continuidad de Pinochet y que se esperanzó con construir una sociedad con verdadera democracia y justicia social, debe una vez más decir NO. NO a la apropiación del cobre por las transnacionales. Y, desde luego, NO a la derecha retrógrada, colaboradora entusiasta del régimen oprobioso, que ahora espera recuperar la plenitud del poder en Chile, merced a la desafección y escepticismo generados en el pueblo por las inconsecuencias y contradicciones de la Concertación oficial. No se puede seguir esperando Llegó el momento de realizar un profundo viraje en la política del país, que permita enfrentar el modelo neoliberal con un proyecto que se proponga renacionalizar las riquezas mineras de Chile y otras de significación estratégica, como los recursos acuíferos; garantizar el derecho a la sindicalización y a la negociación colectiva para todos los trabajadores y trabajadoras; entregar oportunidades efectivas a los pequeños empresarios; proteger el medio ambiente de una devastación irresponsable; defender a los consumidores modestos de la expoliación financiera de bancos y grandes tiendas; favorecer el pluralismo en los medios de comunicación; realizar una profunda reforma tributaria que proporcione base de sustentación a un Estado de Bienestar moderno, y garantizar una educación pública gratuita y de calidad para todos los niños y jóvenes de familias populares y de clase media, desde la sala cuna hasta la educación superior. Pero también se requiere con urgencia un cambio que nos permita reinstalar la discusión abierta y recuperar el coraje para refrescar la vida política chilena. Tenemos que abrir nuevas sendas para enfrentar la corrupción, la parálisis y la falta de imaginación que hoy mantiene separadas a las fuerzas de avanzada social. No es casualidad que en estos momentos en que conmemoramos el centenario del natalicio del Presidente Salvador Allende una mayoría espontánea, reflejada en una consulta organizada por un medio de comunicación masiva de gran cobertura nacional, lo haya ungido como “el chileno más grande de nuestra historia”. Eso revela que el sentimiento popular de admiración y adhesión por los genuinos líderes populares está intacto y que el pueblo de Chile requiere de dirigentes capaces de enfrentar los desafíos del tiempo presente y que sean dignos de su confianza. Con un amplio acuerdo de todas las fuerzas democráticas y populares, desde la Concertación hasta la "izquierda extraparlamentaria" y con un compromiso efectivo con la sociedad civil y sus mayorías, podremos vencer a la derecha, reemplazar la constitución antidemocrática que impuso el régimen de Pinochet, terminar el actual sistema electoral excluyente y avanzar con éxito hacia un nuevo modelo de desarrollo nacional, que anteponga las personas por sobre las cosas y los derechos humanos por sobre el derecho de propiedad. A veinte años del NO hay que reconstruir la esperanza. Firman: Jorge Arrate Ex Ministro y Ex Presidente del Partido Socialista
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