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Sábado 30 de Agosto de 2008
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Iquique, Plaza Manuel Montt: a la hora señalada
por Julio Cámara Cortés (Iquique, Chile)
domingo, 03 de junio de 2007
Cruzando espacios y dimensiones difíciles de explicar, pero que la libertad, la imaginación y la irreverencia de la palabra escrita hace posible, me dirijo a usted don Patricio, y discúlpeme, pero, sin ningún ánimo de perturbar su descanso, intento indagar, a través del tiempo que cubre  implacable la memoria de tantos  “hombres sencillos”, al decir de Neruda, qué razones lo motivaron a estar esa funesta tarde del 21 de diciembre de 1907, en la céntrica plaza Manuel Montt de Iquique.

Reconozco que no sé mucho de usted, don Patricio, casi nada: un nombre, una sentida dedicatoria y una fotografía que los años y la intemperie han desdibujado, pero donde todavía puede advertirse sin mucha dificultad la imagen de un hombre que mira sereno y confiado la vida, lejano y distante -mientras era retratado-de cualquier heroísmo que no fuera la odisea cotidiana de sobrevivir en el difícil Iquique de comienzos del siglo pasado.

Es posible que haya bajado desde la pampa, junto a otros miles, cifrando las  esperanzas que en el puerto sí escucharían sus demandas, siendo “tan poco lo pedido”, no había para qué pensar en tragedias, sino más bien en regresar pronto a una de las decenas de campamentos salitreros diseminados por la pampa, a  seguir golpeando la dura veta del caliche, generoso y rentable para unos, esquivo y miserable para otros, para los más, por supuesto...

Si vino de la pampa, quizás vino de San Lorenzo, porque fueron los primeros. Quiero imaginarlo pleno de energías caminando bajo el cielo estrellado de la noche pampina, dejando a sus espaldas las débiles luces del Alto San Antonio en dirección a Iquique, arropado para la “camanchaca”, codo a codo con otros hombres y mujeres,  sin preguntar nacionalidades, porque para ganarse el pan en las  calicheras nunca fueron necesarias las banderas, que algunos exaltan solo para dividir. Caminaron hermanados por una causa común, mejorar un poco las condiciones de vida en el desierto nortino, un poco de respeto, un salario más digno, no mucho, ¿habrá una causa más justa y merecida que esta?, créame, don Patricio, hasta el día de hoy la aspiración sigue siendo la misma...  

Pudo Ud. también quizás arribar al puerto grande en tren, junto a otros miles, hasta la estación de ferrocarril de la calle Sotomayor, que hoy luce marchita, silenciosa y casi entregada al abandono, y luego inmerso en el gentío, quiero imaginarlo caminando hasta la escuela Santa María, recibiendo reconfortantes expresiones de solidaridad de otros “hombres sencillos” como usted, de los gremios de la ciudad; quizá un poco sorprendido por el temor infundado, a su buen entender, que su presencia y la de muchos pampinos  provocaba en “los señores de Iquique”...

Es posible, porqué no, don Patricio, que Ud. quizás no viniera de la pampa, que fuera un iquiqueño que decidió manifestar su apoyo a aquellos hombres y mujeres curtidos de sol y caliche, como lo hicieron muchos como usted, y concurrió inspirado por el noble sentimiento de la solidaridad hasta la plaza Manuel Montt;  quizá estuvo más de una vez en el interior de la escuela, compartió la olla común con ellos, prestó alguna ayuda, expresó una palabra de aliento, siempre bienvenida frente a la incertidumbre, del conflicto o, simplemente, quiso empaparse de esa fuerza misteriosa y potente de la unidad de los “hombres sencillos”, que cruza fronteras y es capaz de transformar mundos y realidades, cuando ésta logra alguna vez cristalizar… alguna vez…

Como haya sido, don Patricio, quizá fue sólo a observar el desarrollo de los acontecimientos en la escuela. Qué importa, lo verdaderamente cierto es que usted estuvo a la hora señalada en su cita impensada con la muerte, en la fatídica plaza Manuel Montt, la tarde del caluroso diciembre hace  ya 100 años, de eso no cabe duda, y ambos lo sabemos.

Es posible que haya escuchado las palabras de los líderes del movimiento, y emocionado con la firme decisión de todos de no abandonar la escuela hasta no obtener alguna respuesta, pese a ser conminados a hacerlo en medio de preparativos de guerra que usted observaba en torno a la plaza.

Quizá también, es comprensible, que sintiera miedo, porqué no, un sentimiento tan humano cuando uno se siente inerme frente a la fuerza y el abuso, pero, quizá pensó, como lo hicieron muchos esa tarde aciaga en la escuela...¿podía caber tanto egoísmo y dureza en el corazón de otros hombres?; ¿era posible tanta maldad en esos rostros con uniforme tan parecidos a ellos, los “hombres sencillos”?..¿Sería posible que..?...

La respuesta, brutal,  vino a través de las balas, eficaz y recurrente argumento en nuestra historia para acallar demandas, don Patricio; pienso que tal vez corrió inútilmente junto a otros a protegerse como fuera de la furia de ese otro “galgo terrible” en nuestra propia tierra, quizá también...pero no, ya no tiene caso, la muerte, como un abismo insondable, se abrió ancha esa tarde en la escuela y en la plaza Manuel Montt, y hacia el fondo del olvido cayeron los nombres de tantos y tantas, hoy día reconocidos como restos y osamentas en un lugar y otro...

Pero no fue ese su caso, don Patricio, por eso pude hallarlo, por indicaciones de un amigo, y me gustaría poder decirle, y no se me ocurre cómo, que este año conmemoramos los 100 años de la tragedia que cegó tantas vidas, como la suya, y queremos hacerlo, pese a la indiferencia de unos y la desconfianza de otros, con toda la fuerza que podamos reunir, para decirles a todos y todas, que no los hemos olvidado, que su ejemplo y su grandeza, esa que nunca buscaron, sigue en nuestras memorias.

Y sobre todo, don Patricio, que no se trata de una grandeza fundada en arengas, tambores y fanfarrias, sino simplemente de aquella que inspira a los “hombres sencillos” a soñar con un mundo mejor, donde la voracidad y la ambición de otros hombres ya no tengan cabida. Uno de estos días pasaré a dejarle algunos claveles, de todos los colores, como los tonos de la vida que intentamos mejorar. A eso me comprometo por ahora...y discúlpeme nuevamente, siga descansando en paz...   

Nota del autor: En el sector más antiguo del cementerio Nº 1 de Iquique, existe junto a otras sepulturas de la época, una lápida en que se lee lo siguiente:
Patricio Rojas Ramírez, Q.E.P.D., fue victima inmolada entre los mártires de la plaza Montt en 21 de diciembre de 1907. La familia.” 

La Plaza Manuel Montt, hace mucho desaparecida, ocupaba el espacio que se extendía frente a la escuela Santa María de Iquique. 
 
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