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Jueves 20 de Noviembre de 2008
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Humanidades hoy en América Latina
por Leonardo Boff (Brasil)
martes, 17 de abril de 2007
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Humanidades hoy en América Latina
Página 2
El 31 de marzo de 2007 Boff da una clase magistral en la Universidad de Costa Rica. Lo que sigue es la trascripción de sus palabras.

Para mí es un honor dictar esta conferencia en el contexto de la apertura de los cursos de Estudios Generales de esta Universidad. Conozco muchas universidades en el mundo, sea en Oriente, sea en Occidente, pero en ninguna de ellas he sentido tanta consistencia y coherencia como con los Estudios Generales de esta Universidad.

En abril empezaré un semestre como profesor visitante en Estudios Generales de la Universidad de Munich donde estudié, pero son clases puntuales por un semestre. Aquí es algo permanente y continuo que tiene como consecuencia crear una visión humanista del mundo, una perspectiva muy importante de la realidad porque va a significar un nivel más alto de la población en su condición ciudadana, su cuota de la historia que aquí se hace, los retos que vienen de la realidad.

Quiero reconocer este esfuerzo que hace la Universidad de Costa Rica.

El tema es Las humanidades hoy en América Latina. Voy a tratar de alargarlo, porque hoy América Latina es una pequeña provincia del gran complejo sistema de la Tierra. Y como todos sabemos, hoy la sociedad mundial está en el ojo de una inmensa crisis de civilización, una crisis de sentido y de falta de rumbo histórico. No sabemos hacia dónde vamos y somos entregados a un sistema económico que absorbió lo político y que hace de todo mercancía: desde el sexo hasta la Santísima Trinidad, con todo se puede ganar dinero.

Y todo eso se rige por la competencia y no por la cooperación. Por eso hay tantos millones y millones de marginados y de excluidos.

Yo veo dos pensadores trascendentales que nos ayudan a entender este momento histórico que son Max Weber y Frederick Nietzsche, que han intuido la raíz de la crisis que sufrimos, pero que empezó mucho antes. Max Weber mostró que la sociedad moderna se construye sobre el pensamiento funcionalista, sobre la burocracia, sobre la secularización que ha producido el desencantamiento del mundo.

Vivir desencantados
Vivimos desencantados: desencantados con el mundo, desencantados con la política, desencantados con nuestras personalidades políticas, desencantados con Bush, desencantados incluso con Lula y no en último lugar, desencantados con Ronaldinho y Ronaldo, que nos han avergonzado en el último Campeonato Mundial. Vivimos en la era del desencanto y ¿cómo reencantar a la humanidad?

Nietzsche nos trae otro elemento que es la muerte de Dios. No es que Dios murió, porque un Dios que muere no es Dios. Es que nosotros hemos matado a Dios, nos dice Nietzsche. ¿Qué significa esto? Que Dios no tiene relevancia social, no se construye cohesión alrededor de la idea de trascendencia de Dios. Y por eso vivimos en el desamparo existencial.

Ese anuncio de Nietzsche que Dios murió tiene consecuencias graves porque ha creado una desaparición del horizonte utópico de la humanidad. Por millares de años, la humanidad encontraba en las religiones una referencia trascendente, la razón para estar juntos, para crear una comunidad y la cohesión social. Ahora eso ya no funciona. Eso no significa que impera el ateísmo, porque lo que se opone a la religión no es el ateísmo. Lo que se opone a la religión es la ruptura, la falta de un lazo que ligue y religue todas las cosas. Y hoy vivimos colectivamente rotos desde dentro y desamparados.

Es en ese contexto hay que entender la gravedad de la crisis actual, que tiene un agravante muy importante, porque hasta hoy se decía, vamos al encuentro de una gran crisis civilizacional, crisis del sistema de la vida, crisis del sistema de la Tierra.

La Humanidad, la Tierra
Un hecho importantísimo que para mí significa una ruptura en la conciencia colectiva de la humanidad. En los primeros días de febrero de este año en París, cuando el Panel Intergubernamental de los Cambios Climáticos que involucra a más de dos mil científicos de la ONU, nos ha dado los datos reales de la situación de La Tierra. Que estamos ya dentro de un cambio irrefrenable de la Tierra, que la Tierra va a calentarse entre 1.8 hasta 4 y en algunos sitios 6.4 grados Celsius y que eso va a significar en los próximos 30 o 40 años inmensas devastaciones en el sistema de la vida. Millones de personas pueden desaparecer.

Según James Lovelock, el formulador de la Teoría Gaia de la Tierra como súper organismo vivo que acaba de lanzar el libro La venganza de Gaia, hasta el año 2050 o 2060 –tal vez sea exagerado, pero tiene autoridad para decirl–- puede desaparecer cerca del 80% de la humanidad. Y cuando ha estado en Brasil en octubre dijo: Brasil que ha tenido el privilegio de tener tanto sol, será su desgracia, prácticamente contará con dos tercios del país inhabitables por exceso de calor y habrá una sabanización acelerada porque la Amazonia no aguanta esos niveles de calentamiento.

Esta realidad nos hace pensar. No basta solamente, como sugiere el documento de esos científicos, adaptarse a la nueva realidad, ni es suficiente aminorar los efectos dañinos del calentamiento global, sino que hay que ir a algo más profundo: hay que refundar el sentido de la vida, hay que recrear una nueva espiritualidad, es decir, un nuevo sentido más amplio de nuestro pasar por este mundo, de nuestra coexistencia como seres humanos, para hacer que la Tierra, la humanidad, puedan, sigan teniendo futuro.

A la desesperación y al desencantamiento yo creo que hay que contrarrestarlos con motivos que nos hagan descubrir razones para seguir viviendo, con cambios, con adaptaciones, pero desde un nuevo paradigma de civilización.

La cuestión de fondo es, ¿cómo salir de esta crisis?
Si la crisis es global, la solución también tiene que ser global. Y para eso hay que mirar lejos hacia atrás, mirar lejos hacia delante y mirar lejos hacia arriba, porque cuando entramos en crisis nos planteamos las cuestiones más fundamentales: quiénes somos nosotros, de dónde venimos, hacia dónde vamos, cuál es nuestro lugar en el conjunto de los seres de la naturaleza, cuál es nuestra misión en este mundo.

En momentos de crisis esas son las cuestiones básicas que hay que contestar, personalmente cada uno y colectivamente las comunidades humanas, la humanidad que se encuentra globalizada. Tenemos que crear una especie de viático mínimo para poder caminar y dar sentido a nuestra existencia, bajo estas amenazas que pesan sobre nosotros.

Yo quiero hablar acerca de mirar lejos hacia atrás, ¿de dónde venimos? Yo veo que el ser humano tiene por lo menos cuatro enraizamientos: cósmico, biológico, histórico-cultural y personal.

Todos nosotros venimos de una inmensa deflagración que ocurrió hace 13.7 mil millones de años. Venimos del "big-bang". En un primer momento estábamos todos juntos, en aquel punto mínimo cargado de energía y materia condensada que explotó, y ahí empezó el proceso de evolución.

Ese proceso se va expandiendo, creando las grandes estrellas rojas, dentro de las cuales se formaron todos los elementos físico-químicos que constituyen nuestra realidad, que es la realidad de todo el universo.

Nosotros somos seres cósmicos por eso, porque tras el famoso isomorfismo del universo, tenemos los mismos elementos constituyentes. Somos hijos de ese inmenso proceso, cargamos en nuestra piel y en nuestro cuerpo todos esos elementos. También cargamos las cuatro energías fundamentales que sustentan el universo y a cada uno de nosotros, que son la energía gravitacional, la electromagnética, la nuclear débil y la nuclear fuerte. Somos seres cósmicos y tenemos una dimensión cósmica que no hay que negar.

 No tenemos que sentir vergüenza de pertenecer a una realidad que nos desborda por todas partes.

Pero somos también seres vivos. Hace 3.8 mil millones de años irrumpió la vida desde una complejidad enorme del proceso de evolución. La vida es un capítulo de la evolución cósmica y la vida humana es un subcapítulo del capítulo de la evolución cósmica. Cuando se realizó una complejidad más alta, irrumpió la vida humana.

La perversión del capitalismo
Cuando hace cinco o seis millones de años, nuestros ancestros antropoides salían a recolectar alimentos y a cazar para comer, no comían como hacían los animales para sí, sino que lo traían todo para el grupo y lo repartían fraternalmente y cooperativamente entre ellos. Ese gesto de cooperación es fundador de la humanidad. Permitió el salto de la animalidad a la humanidad. Por eso es que la cooperación, la solidaridad, la interdependencia de unos y otros no es una ley entre otras; es la ley fundamental del universo y de la vida humana.

Por eso es tan perverso el capitalismo que pone todo el acento en el individuo, en la competencia y no en la cooperación. Somos seres vivos, mejor dicho somos mamíferos vivos, mamíferos conscientes. ¿Por qué mamíferos? Porque hace 125 millones de años, cuando emergieron los mamíferos, emergió algo único que no había antes en la historia: nació el afecto, el cuidado, el cariño, el amor que cada mamífero tiene por sus crías.

Nosotros venimos de esta tradición, somos seres de cuidado, seres de sensibilidad, sensibilidad que hace falta en el mundo de hoy.

Cuando en 1952 James D. Watson y Francis H. C. Crick decodificaron el código genético, hicieron un hallazgo que es único en la historia de la ciencia: se han dado cuenta que todos los seres vivos, desde la bacteria más originaria hasta los animales más grandes como los dinosaurios, pasando por los colibríes y llegando a nosotros, todos los seres vivos tienen fundamentalmente el mismo código genético, tienen los mismos 20 aminoácidos y las mismas cuatro bases fosfatales.

Eso significa que todos los seres vivos son parientes, son hermanos y hermanas, son primos entre ellos, constituyen la gran comunidad de vida y nosotros somos una parte de esa comunidad de vida. Lo que Francisco de Asís intuía en su mística cósmica cuando llamaba al hermano sol y hermana luna, y hermanos y hermanas al pájaro, al gusano que intenta cruzar el camino. A todos ellos los llamaba con la dulce palabra de hermanos y hermanas. él intuía algo que para nosotros es una experiencia empírica-científica, somos de hecho hermanos y hermanas.

Entonces el ser humano tiene esa ancestralidad junto a otros seres vivos. Somos seres cósmicos, somos seres vivos, pero también somos seres culturales-históricos.

Todos los vivientes tienen órganos especializados que les garantizan la supervivencia y la vida, el ser humano no; biológicamente es un ser defraudado, no tenemos ningún órgano especializado. Tenemos que intervenir la naturaleza. Tenemos que crear nuestro hábitat, nuestro hogar. Y estamos obligados a hacer cultura, a hacer historia, a intervenir la realidad, crear el ámbito que protege nuestras vidas y defiende nuestra existencia. La acumulación de esas intervenciones significa la cultura y la historia. Nosotros somos seres culturales.

La evolución posiblemente jamás iba a producir este micrófono o esas luces eléctricas, pero a través del ser humano ha producido una cultura, la tecnología, sin las cuales nosotros no tendríamos condiciones de supervivencia. Lo ha hecho de mil formas diferentes, por eso hay tantas culturas, tanta diversidad de expresiones humanas. Podemos ser humanos de mil formas diferentes: podemos serlo como latinoamericanos, como guaraníes, como yanomamis, como chinos, como hindúes. Mil formas de estar presentes y de organizar el mundo, y mostrar la capacidad inagotable del capital del ser humano.

Somos seres cósmicos, seres biológicos, seres culturales, pero también somos seres con la última irreductibilidad, que es la historia personal de cada uno. Cada uno es irrepetible en el universo, cada uno es uno y único. Por eso en cada persona humana, hombre o mujer, de alguna manera culmina el proceso de evolución, porque tenemos capacidad de decidir, de plasmar nuestro futuro. Por más condicionantes que tengamos, y más presiones que suframos de todas partes, hay un punto de decisión: cada persona tiene su singularidad, que el gran filósofo franciscano medieval Juan Dun's Escoto llamaba la "exeitas", la "extidad".

Este ser humano aquí es irrepetible, es único en la historia pasada, será único en la historia futura. Pero él tiene algo de sagrado, de único, porque es un proyecto infinito, que por su libertad puede dar un destino a su vida, feliz o infeliz, realizada o frustrada, desde el momento único de constitución de nuestra individualidad, de nuestra personalidad. Y eso hay que reconocerlo como un dato filosófico, ontológico, es decir irreductible del ser humano. Cada uno es único y tiene su destino y es responsable por ese destino, cada uno tiene la capacidad de ejercer su libertad como decisión, es decir, algo que pone una realidad nueva en la historia.


 
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