| Italia: El feminismo de la izquierda anticapitalista |
| por Lidia Cirillo (Italia) | ||||
| miércoles, 14 de febrero de 2007 | ||||
Página 1 de 2 Mujeres Debate en la izquierda crítica de Italia... Hace ya algunas semanas que empezó la discusión para redactar un manifiesto feminista de las mujeres de Sinistra Crítica (Izquierda Crítica), la asociación que organiza a una de las minorías del Partido Refundación Comunista (PRC, Rifondazione Comunista). El texto que sigue transcribe una parte de los apuntes de las primeras dos reuniones. 1. El feminismo y las corrientes democráticas, progresistas y revolucionarias Feminismo se declina en plural, feminismos, porque las mujeres pertenecen a clases y culturas diversas y tienen distintos referentes políticos. Existe, por ejemplo, un feminismo de parlamentarias de la derecha y de mujeres que hacen carrera, que reivindican su parte de poder con los argumentos tradicionales del feminismo, lamentando las dinámicas de exclusión y de marginación y pidiendo medidas antidiscriminación. Sin embargo, el feminismo nace y renace siempre en la izquierda, junto a las tendencias revolucionarias, democráticas o progresistas: en los márgenes de la revolución de 1789, en las revoluciones nacionales de la primera mitad del siglo XIX, en el seno del movimiento por la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos, junto al movimiento obrero, en la radicalización de los años sesenta y setenta, en el movimiento altermundialista... El feminismo de derechas solo y siempre ha sido el efecto de un reflejo de ideas nacidas en la izquierda, una suerte de fall-out cultural que con anterioridad ha subvertido (y posteriormente sigue subvirtiendo) la sociedad en su conjunto. El fenómeno se da por la razón obvia de que ha sido más fácil (o menos difícil) para las mujeres ejercer presiones en nombre de la liberación sobre hombres de la izquierda, poniéndoles en contradicción y utilizando su lenguaje y sus esquemas de pensamiento. Las nociones de igualdad, autodeterminación, liberación, diferencia, revolución, etc., no son otra cosa que la feminización de ideas elaboradas por las corrientes políticas a cuyo lado han nacido o renacido los diversos feminismos. Esta constatación no consiente la existencia de visión idílica alguna sobre las relaciones entre feminismo y tendencias revolucionarias, democráticas y progresistas masculinas. La resistencia de los hombres al feminismo ha sido tenaz, unas veces explícita y vulgar, otras sutil o incluso inconsciente. El movimiento socialista de los orígenes ha conocido hombres feministas como Saint-Simon o Fourier y misóginos incalificables como Proudhon y Lasalle. Engels echó las bases conceptuales de un feminismo anticapitalista, comparando a las mujeres con el proletariado y a los hombres con la burguesía y situando en la producción y la reproducción las bases de la organización social de la especie humana; pero esas instituciones se han perdido en las teorías y las prácticas. Se podría escribir una verdadera historia de la misoginia y del antifeminismo en el movimiento obrero, pero aquí sólo podremos mencionar los dos enfoques más difundidos hoy en la izquierda anticapitalista. En general, pocos hombres son tan toscos como para no rendir los debidos homenajes al feminismo y no plantear un futuro proletario, feminista y ecologista. Sin embargo, el reconocimiento casi siempre viene acompañado de un desinterés: siguen siendo desconocidas las vicisitudes, las diferencias y las complejas elaboraciones teóricas del feminismo y se ignora hasta qué punto el género puede representar una clave interpretativa para la comprensión de la lógica de las relaciones humanas. El otro enfoque, bastante más escepcional a decir verdad, es el paternalismo de los hombres que pretenden enseñar el feminismo a las mujeres, dirigir su trabajo y sus discusiones. Naturalmente, no se puede descartar la posibilidad de que un individuo de sexo masculino sepa y comprenda más que un individuo de sexo femenino incluso de política de las mujeres y de feminismo. Sin embargo, el feminismo nace, se consolida y se renueva solo a través de un recorrido de autonomización intelectual y psicológica de las mujeres, a veces lento y tortuoso, pero irrenunciable. A falta de autonomía también el feminismo de las mujeres de la izquierda anticapitalista se reduce a fall-out, a recaída en eso que fue pensado y practicado en los ambientes del separatismo. Este feminismo se ha demostrado capaz de una elaboración independiente y de una lectura más pertinente de las relaciones de poder fundadas en el género. A su vez, ha representado a menudo deseos y puntos de vista de capas académicas o, al menos, de ambientes femeninos poco interesados en los conflictos de clase y siempre expuestos a la tentación de representar los propios intereses particulares como los intereses de las mujeres en general. 2. Las estructuras patriarcales Comprender el feminismo significa en primer lugar comprender la naturaleza de las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Existe hoy un posfeminismo que niega la existencia misma de una opresión, al menos en las áreas del mundo en las que se ha alcanzado una igualdad formal. La fórmula “opresión específica” les ofrece un pretexto y por ello –aunque no sólo– estaría superada. Es preferible decir que las sociedades humanas, todas sin excepción, están atravesadas por estructuras patriarcales manifiestas o latentes que, de modos diversos, discriminan, excluyen, oprimen y ejercen violencia sobre las mujeres. El patriarcado en el sentido literal del término es un sistema de relaciones en el que la propiedad y la posición social se transmiten del padre al hijo varón, y casi siempre al primogénito. Es evidente que en las sociedades noroccidentales (pero también en otras) ya no existe este tipo de reproducción de las posiciones sociales y la realidad es menos explícita y más compleja. Sin embargo, la lógica de la genealogía masculina del poder, por lo demás todavía evidente más allá de los aspectos jurídicos y formales, tiene una dimensión antropológica que dos siglos de luchas por la emancipación todavía no han podido superar. Las cuatro conferencias de la ONU sobre las mujeres han proporcionado datos que a su vez han sorprendido incluso a las teóricas más pesimistas de la opresión, revelando, por ejemplo, que el porcentaje de mujeres propietarias de tierras y de inmuebles en el mundo no supera el 3 o 4%. Los datos de Amnistía Internacional sobre la violencia contra las mujeres también han sido una amarga sorpresa o una confirmación. Pero el modo más simple de comprender qué son las estructuras patriarcales es seguir el hilo de la existencia de una mujer europea desde el nacimiento hasta la muerte. En sociedades distintas de las nuestras se da el aborto selectivo y la muerte por malnutrición de niñas más que de niños, en nuestras sociedades las estructuras patriarcales empiezan a operar más tarde. En los primeros años de vida, la niña, en su difícil recorrido hacia la feminidad, se tropieza con un fenómeno que Freud llamó “castración”, es decir, el descubrimiento de que está privada de pene, que le produciría una sensación dolorosa de inferioridad y condicionaría su capacidad intelectual y el modo de percibirse y de ser percibida. En un primer momento, el feminismo respondió a la tesis de la castración que Freud sobreponía su propio punto de vista masculino a lo femenino, pero posteriormente la cuestión se ha revelado mucho más compleja. Si Freud, como algunas habían sospechado, hubiera simplemente intercambiado el punto de vista de la niña con el del niño, habría incurrido en un grave equívoco. Por tanto, no explicaremos las razones de su gran influencia en el pensamiento occidental y no solo en el occidental. La tesis de la castración está ligada a experimentos clínicos, a la verificación de que también las mujeres se perciben castradas, carentes y privadas de algo. La castración tiene, por tanto, la función propia de la ideología: es el punto de vista de quien en una relación de poder está “encima”, interiorizado y apropiado por quien está “debajo”. La tesis de la inferioridad no es pues un prejuicio masculino, es una realidad del inconsciente femenino. Esta realidad opera siempre que entra en juego la diferencia, la real y no la presunta, la diferencia de posiciones respecto al poder. De hecho, las mujeres envidian, no el pene, sino el falo, es decir, el poder en sus formas diversificadas y múltiples y el pene solo es el fetiche del falo. Otro ejemplo. La violencia contra las mujeres tiene unas dimensiones y una extensión que los datos de Amnistía Internacional han hecho finalmente evidentes. Sin embargo, todavía puede suceder que una mujer no sufra en su vida ningún tipo de violencia más allá de las que la naturaleza le inflige con las enfermedades y la muerte. De todos modos, su vida estará profundamente condicionada por ellas, ya que la violencia posible se traduce en precaución, estilos de vida y actitudes psicológicas. La paradoja de la criminalización de las víctimas demuestra hasta qué punto el mundo está hecho a la medida del hombre. Las estructuras patriarcales que atraviesan la sociedad hacen de la violencia posible una de las principales razones de la segregación de las mujeres, en particular de las mujeres jóvenes. Los ejemplos también podrían ser muy numerosos. El doble trabajo de las mujeres, es decir, la asunción de tareas hasta hace poco solo femeninas y la ausencia de cualquier reciprocidad. Parece que en Italia entre las jóvenes generaciones algo esté cambiando. La hipertrofia de lo masculino en la esfera pública que constriñe a las mujeres en tiempos y modos disonantes con los de la propia existencia. Las imágenes normativas de la feminidad construidas y cristalizadas en milenios de monopolio masculino de la tradición simbólica. Otros efectos de estas estructuras latentes son más complejos, más difíciles de identificar y de definir. Si es verdad que también se piensa con el sexo, aunque quizás menos de lo que supone el psicoanálisis; si es verdad que los hombres han tenido durante milenios el monopolio de la cultura, entonces se vuelve posible una hipótesis inquietante. La hipótesis es que cada vez que una mujer penetre en los campos del conocimiento particularmente estructurados y formalizados deberá atravesar una jungla de signos y de símbolos masculinos con los que tendrá mayores dificultades para orientarse. También los modos en los que se manifiesta la presencia de las mujeres en la política son consecuencia de la existencia de estructuras patriarcales. Con sus silencios, con su limitada presencia, su inseguridad, las mujeres ejercen una crítica de cada uno de los lugares de la política. Cuanto mayor es la presencia y la dominación masculina en un organismo político determinado tanto más tiene que ver ese organismo con las lógicas del poder. Se podría enunciar un teorema o formular una ecuación al respecto. Las instituciones políticas, el ejército, el clero, etc., son los ambientes más masculinos porque también son las más implicadas en el ejercicio del poder. Por razones distintas estas instituciones pueden cooptar a las mujeres: para sustraerse a la denuncia y a la evidencia, para recuperar credibilidad o porque tienen necesidad de una relación con el cuerpo social. El ejemplo más significativo de la distribución de lo masculino y lo femenino es justamente la Iglesia católica. Una institución que se liga a vastos sectores populares, incluso dando de comer de vez en cuando a los hambrientos y de beber a los sedientos, ha dependido necesariamente de la energía de las mujeres y de su tendencia a verse como las adictas al cura. Si una iglesia aparta lo femenino, donde sus articulaciones se sumergen en la sociedad, se levanta la cúpula de una jerarquía de poder rígidamente cerrada a las mujeres, expresión de esa capacidad de conservar las relaciones humanas más arcaicas propia de las religiones. 3. Tres temas para un feminismo anticapitalista en Italia Las estructuras patriarcales condicionan la vida de las mujeres y construyen el género en modos bastante diversos entre ellos en el tiempo y en el espacio. La multiplicidad de las demandas –recogidas por ejemplo en la plataforma de la Marcha Mundial de Mujeres de 2000– muestra la amplitud de los problemas irresueltos a nivel global. Es evidente que las mujeres en Afganistán tienen problemas distintos a los de las mujeres francesas o alemanas y que los temas que están hoy en el centro de atención en Italia no son los mismos que los de los decenios a caballo entre los siglos XIX y XX, que fueron testigos de la primer gran oleada de movimientos feministas. Es evidente que en ambientes sociales distintos, en las diversas generaciones y en las variadas aspiraciones femeninas, los obstáculos que deben superar las mujeres no son los mismos. Todavía es necesario renunciar a la ilusión cronológica y no creer que tenemos la emancipación a nuestras espaldas. Si bien es verdad que, donde se ha conquistado la igualdad formal, tareas más complejas esperan al feminismo, también es cierto que batallas ya ganadas, problemas aparentemente ya resueltos y reacciones arcaicas vuelven a plantearse de nuevo. La violencia contra las mujeres constituye el ejemplo más claro y su mayor visibilidad tiene explicaciones diferentes y complementarias. Las mujeres denuncian hoy más a menudo lo que ayer soportaban; la opinión pública se escandaliza cada vez más ante lo que ayer absolvía; los hombres reaccionan, como sucede a menudo en las relaciones de poder, con una combinación de retrocesos y de violencias punitivas. Siga leyendo la Segunda parte de este artículo haciendo clik en Continuación |
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