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Sábado 11 de Octubre de 2008
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Como si fuera hoy: Nicolás Palacios, testigo de cargo en la matanza de Santa María de Iquique
por Rafael Luis Gumucio Rivas (Chile)
martes, 02 de enero de 2007
El 21 de diciembre de 2007 recordamos el centenario de la matanza de Santa María de Iquique. A comienzos del siglo pasado, la oligarquía negaba que existiera la llamada “cuestión social”, que sólo estaba reservada para la Francia revolucionaria. Los obreros del salitre vivían a cuerpo de rey, según la casta en el poder, así como afirmaban que tampoco había clases privilegiadas, en Chile. ¡Por qué entonces lo iban a ser los pampinos? Decía el ministro del Interior, Rafael Sotomayor. Según Manuel Rivas Vicuña, el presidente Pedro Montt se relacionaba solamente con gente “bien” y su única visión de los miserables la constituía las visitas al manicomio de la calle Los Olivos, que él apadrinaba; fue el último mandatario que realizó su campaña vestido de colero.

En 1890 se había desatado, en  Chile, por primera vez, una huelga obrera; luego, le siguieron otras: la de 1903, en Valparaíso; 1905, en Santiago; 1906, en Antofagasta y 1907, en Iquique. En esos tiempos, como hoy, los diarios eran manejados por la casta – El Ferrocarril, El Mercurio, y otros. Afortunadamente, a diferencia de hoy, existía una rica Prensa obrera: el diario El Chileno pertenecía a la iglesia católica, pero gozaba de amplia popularidad por la publicación periódica de novelas en serie, una especie de Corín Tellado, como las actuales telenovelas, (siempre el médico se enamoraba de la enfermera y esta, venciendo múltiples obstáculos, terminaba casándose con él), era el Diario predilecto de las empleadas domésticas y tenía tanta circulación como El Clarín y La Cuarta actual, además de los Diarios propiamente obreros, como La Batalla, La Patria, el ácrata, y otros Diarios más. Afortunadamente, el diario El Chileno se atrevió a pedir al escritor Nicolás Palacios que redactara una crónica de la matanza de Santa María de Iquique.

Nicolás Palacios era un crítico del período parlamentario, de tendencia nacionalista y, además, autor de varios libros, entre ellos el más conocido La raza chilena, en el cual ensalzaba al roto pampino, producto, según él, de la mezcla de valientes mapuches con góticos españoles; aunque su tesis era absurda queda, como legado de Nicolás Palacios, el amor y compromiso con los obreros de las salitreras. Palacios trabajó, durante mucho tiempo, como médico de estas Oficinas, lo que lo colocó como un testigo privilegiado de los abusos de los propietarios ingleses, que creían que Chile era algo así como la India.

Acaba de ser reeditada, por Lom, la novela Tarapacá, firmada con el seudónimo de Juan Zola, tomado del famoso autor francés, Emilio Zola, célebre por la novela Germinal y el Yo acuso. Este seudónimo era usado por el periodista popular Osvaldo López, (no confundir, por favor, con el criminal, ladrón y putrefacto Daniel  López). Osvaldo López recibió una paliza propinada por los “guardias blancos”, contratados por los empresarios salitreros. El personaje principal de la novela Tarapacá era un obrero llamado Juan Pérez, un poco andariego y místico, quien nos relata con pasión el viaje del presidente mártir, José Manuel Balmaceda, a Iquique, y su discurso contra el monopolio de Thomas North; Juan Pérez organiza una huelga en la Oficina salitrera, llamada Germinal, otra alusión a Emilio Zola. Los obreros logran ocupar la mina y cortan el telégrafo, evitando que los patrones puedan llamar a la tropa, en su auxilio y, así, los trabajadores salen airosos; termina la novela con el viaje místico de Juan Pérez al altiplano boliviano.

Nicolás Palacios, a petición del diario El Chileno, comienza su relato describiendo las miserables condiciones en se encontraban los obreros salitreros: estos eran pagados con fichas y  vales de cartón o caucho que, no pocas veces, cuando perdían su validez, (que no pasaba de tres días), eran utilizados en sus juegos por los niños de la pampa; las fichas valían – si lograban que las cambiaran – un 70% de su valor nominal; esta emisión era absurda, pues todo gobierno que se respete debe tener el monopolio de la acuñación de moneda; en esa época, el billete de bancos, todos privados, no era convertible en oro y se devaluaba, rápidamente, con la inflación. Cuenta Luis Emilio Recabarren que el sueldo de los obreros valía un 50%, con respecto al año 1900. La moneda dura era la Libra esterlina, que había bajado de 18 peniques, a siete; esta situación era muy ventajosa para los agricultores y banqueros, endeudados en pesos. Los obreros pedían, solamente, la supresión de las fichas y los vales, así como la libertad de comercio, y pedían que se sostuviera el peso en una equivalencia de 18 peniques, por tal razón, a la huelga de Iquique, (1907), se le llamó “la huelga de los 18 peniques.”

Cada Oficina tenía una pulpería donde se vendía todo tipo de productos; los pulperos recibían las fichas de los trabajadores vendiéndoles alimentos, cuyo peso era falsificado: por ejemplo, “una libra” comprada en las pulperías de las oficinas, en verdad no equivalía a más de media libra en las balanzas de los negocios de Iquique, además de que los productos eran de muy mala calidad. Los patrones contrataban a guardias, cuya misión era espantar a los vendedores ambulantes que pululaban por la pampa; lo único que pedían los obreros era que se colocase una pesa afuera de la pulpería, para controlar el justo peso.

Los cachuchos –fondos con agua hirviendo – eran utilizados para afinar el caliche y no había día en que un trabajador no cayera dentro de estos fondos; no existían ni medidas de seguridad ni, mucho menos, apoyo patronal a las viudas e hijos, salvo el fondo solidario de las Mancomunales; los obreros solicitaban una reja de protección en cada cachucho, para evitar accidentes, además, pedían escuelas para sus hijos, en cada Oficina.

Iquique, a comienzos del siglo XX, era una ciudad de 40.000 habitantes, con construcciones de madera, por lo tanto, cada incendio significaba una catástrofe. El agua putrefacta, según el profesor Alejandro Venegas  –que visitó esta ciudad– era  proporcionada por la compañía, perteneciente al inglés Thomas North; en el entorno pululaban los tinterillos, jueces corruptos y de mala muerte y banqueros sinvergüenzas. Los dueños de las salitreras paseaban por las calles, en elegantes victorias, siendo señalados por sus víctimas obreras.

Aburridos los trabajadores de tanta tramitación a sus justas demandas, decidieron caminar en larga procesión, a través de los salares, a Iquique. El Intendente se encontraba en la capital, por lo que fueron recibidos por el subrogante, Guzmán García, quien los instaló en la Escuela Santa María de Iquique, ubicada en la Plaza Manuel Montt. Según Nicolás Palacios, la conducta de los obreros fue ejemplar: se prohibió la venta de alcohol y no se constató ningún incidente policial, incluso, además de la solidaridad de los gremios de la ciudad y de las instituciones de beneficencia, los ciudadanos regalaron cajetillas de cigarrillos La Africana, a los huelguistas.

La estrategia de los salitreros ingleses era bien conocida: pretextando consultar con la casa matriz, en Londres, prolongaban siempre las huelgas para esperar la venida de las tropas y aniquilar, cruentamente, el movimiento. La vuelta del Intendente, Carlos Eastman y del general Silva Renard, que venían en buque Centeno fue recibida, apoteósicamente, por los huelguistas, que aún creían que el gobierno era capaz de resolver  el conflicto a su favor, pero fueron completamente defraudados: el Intendente se puso a favor de los ingleses, pues traía órdenes perentorias del ministro del Interior, Rafael Sotomayor, de poner fin al conflicto a sangre y fuego.

El día 19 de diciembre decretó el Estado de Sitio, sin consultar al Congreso, y el sábado 21 Silva Renard ametralló a los obreros, junto  a sus mujeres e hijos. El número de muertos es muy difícil precisarlo – se calcula entre 3.600 y 2.000 – como lo asegura Nicolás Palacios. Los sobrevivientes, que fue un número reducido, fueron conducidos a la playa de Cavancha y, quienes volvieron a la pampa fueron “quinteados” por los militares: uno de cada cinco era fusilado y lanzado a un hoyo, previamente construido por los pampinos. Algunos de los líderes lograron salvar la vida, como Luis Olea y José Santos Morales, quienes huyeron a Bolivia y, desde ahí, dieron testimonio de la matanza.

La Escuela Santa María fue un símbolo de internacionalismo con nuestros vecinos: los obreros bolivianos, peruanos y argentinos se negaron a abandonar la Escuela y murieron con sus camaradas de clase. ¡Cómo contrasta esta solidaridad de ayer, de nuestros obreros pampinos,  con el mediocre chauvinismo de hoy del diputado Jorge Tarud!

¿Qué pasó con los personajes de esta masacre?

Pedro Montt:
terminó un mediocre y desastroso gobierno, muriendo en Bremen, Alemania. El famoso “resurgimiento” terminó en un fiasco.
Rafael Sotomayor: tipo violento y corrupto, terminó acusado por la sinvergüenzura del crédito a la arruinada Casa Granja (empresa con múltiples oficinas salitreras, de las cuales era heredero y albacea)
Roberto Silva Renard: fue apuñalado por el anarquista Antonio Ramón y Ramón, en Santiago; el heroico general salvó con vida, pero murió en Viña del Mar al poco tiempo.
Osvaldo López: después de una golpiza, en Iquique, siguió promoviendo Diarios obreros.
Luis Emilio Racabarren: preparó la obra Ricos y pobres en cien años de Independencia, y fundó años más tarde el Partido Comunista de Chile.
Arturo Alessandri Palma: interpeló al ex ministro Rafael Sotomayor y, posteriormente, se convirtió en el “León de Tarapacá”.
Arturo del Río: alcalde de Iquique en 1907, se convirtió en gamonal y senador, siendo derrotado por Arturo Alessandri, en 1919. 
 
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