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Lunes 01 de Diciembre de 2008
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Nosotras, presas políticas
por Rafael Luis Gumucio Rivas (Chile)
jueves, 14 de diciembre de 2006
El libro que comento recopila ciento dieciséis testimonios de mujeres presas políticas, en distintas cárceles argentinas: contiene un conjunto de cartas, poemas y dibujos que van mostrando al lector la vida cotidiana de las mujeres, en las mazmorras dictatoriales. Es una obra colectiva, un himno a la vida y a la dignidad, en condiciones sub humanas, en que las han colocado estos cerdos con gorra militar. Es indudable que el relato de la cotidianidad, la mayoría de las veces, tiene mucho más valor histórico que los análisis pretendidamente científicos: es que en estas cartas y demás documentación presentada hay verdad, autenticidad, solidaridad e ideales de esperanza y utopía, que jamás serán traicionados.

Resistir, vivir, soñar, reír, buscar espacios de libertad dentro del encierro constituye un mensaje potente contra los verdugos y sus esbirros, de todos los tiempos. La dictadura persiguió, si estas mujeres sobrevivían, volverlas locas, pero ninguno de estos objetivos les fue posible lograrlos, pues pudo más esta loca esperanza, capaz de resistir la más brutal de las anti utopías.

Los testimonios de estas ciento dieciséis mujeres abarcan el período 1974-1983, nueve largos años en que el régimen  carcelario va cambiando de rigor, según las etapas del proceso histórico de la dictadura argentina; hay una relación extraña entre el encierro carcelario y lo que ocurre afuera: las mujeres, a veces, perciben estos cambios en el rigor de los castigos que aplican las gendarmes a sus víctimas; por ejemplo, en 1976, a raíz del golpe de Estado, la tortura, la negación de visitas y la suspensión de los recreos se radicalizaba con la intervención de los militares, quienes las amenazaban con la muerte o con el frecuente hostigamiento, a fin de que terminaran locas; en ese mundo pequeño del encierro, siempre estas heroicas mujeres buscaron formas simples para sobrevivir y sentir la libertad como la primavera lejana, pero que llegaría más temprano que tarde. Después vino el mundial de fútbol y los tiranos argentinos quisieron mostrar buena cara ante los visitantes extranjeros: por primera vez, las presas pudieron conversar y denunciar su situación ante las Comisiones de derechos humanos de la ONU y de la OEA. Terminado el Mundial, la represión volvió tan brutal como antes y las quejas ante esos Organismos internacionales pasaron al olvido.

La iglesia argentina tuvo una repugnante actitud durante la dictadura militar: relatan las mujeres el papel de “soplón” que desempeñaba el capellán de la prisión quien, aprovechándose del secreto de confesión, entregaba información a los gendarmes que las custodiaban. Las mujeres resistieron a la humillante orden de desnudarse que, seguramente, llevaría posteriormente a los toqueteos vaginales. Este gesto de dignidad les permitió, a pesar del miedo a castigos mayores, seguir perseverando en este objetivo de sobrevivir, lo más dignamente posible.

Al terminar de leer este libro, el lector se reconcilia con la dignidad  de la naturaleza humana y con las fuerzas que surgen de la solidaridad, entre quienes mantienen un mismo ideal de resistencia a la brutalidad fascista.

Si no existieran testimonios como los del libro que acabamos de reseñar y de muchos otros, las lucha de las Abuelas de la Plaza de Mayo, los familiares de detenidos desaparecidos, los abogados de derechos humanos y de otros luchadores por la libertad, hubieran terminado por imponerse las cenizas del olvido que, bajo la hipócrita fórmula de la “reconciliación”, tanto en Chile como en Argentina, pretendían dejar impune los crímenes de los tiranos y de sus esbirros. La memoria histórica no podrá ser acallada, afortunadamente, por ningún petimetre, servidor y aliado de los tiranos sempiternos. Siempre, de tiempo en tiempo, esta resurge para acusarlos.

Editorial Nuestra América, Buenos Aires, 2006, 484 páginas



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