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La versión completa del Artículo de Camilo Taufic sobre la muerte de Allende | La versión completa del Artículo de Camilo Taufic sobre la muerte de Allende |
| por Camilo Taufic (Chile) | ||||
| lunes, 20 de noviembre de 2006 | ||||
Página 1 de 2 PiensaChile publica estos materiales en el ánimo de ayudar al debate que tiene que ayudar a que nos acerquemos a la verdad histórica de los hechos, comprendiendo mejor lo ocurrido, tratando de poner en la justa luz el significado de lo ocurrido. Es claro que a medida que pasa el tiempo, la figura del Dr. Allende, crece a niveles de gigante, y aprendemos a entender su desigual combate militar, durante largas horas, contra fuerzas enormemente superiores, como la culminación lógica de un vida consagrada a la defensa de los derechos del Pueblo, a la profundización de la democracia. Un arma de fuego en manos de Allende, el 11 de septiembre, debe ser entendida en el contexto de su vida consecuente en defensa y profundización de la democracia. Su muerte, en la forma que haya ocurrido, no significó más que su muerte física. La Redacción de PiensaChile Respuesta del Dr. Hermes H. Benitez, al artículo de Camilo Taufic, publicada en PiensaChile el lunes 13 de noviembre. Revisión de una historia adulterada: Fue “otra” el arma suicida de Allende escrito por Camilo Taufic La metralleta que le regaló Fidel Castro, con la que dicen se habría matado el Presidente, no estuvo ese día en La Moneda. Al menos mientras se combatió. Todos los testigos oyeron UN SOLO TIRO en el momento final de Salvador Allende, que bien pudo provenir de su propia pistola. Dudas sobre fotos y croquis hechos ese mismo día por Investigaciones (bajo control militar). Revelarían una falsificación del sitio del suceso, y destruyen los testimonios de un médico y un general. Once de septiembre de 1973. Según la versión oficial, el Presidente Allende decidió a la 1:50 de la tarde poner fin a la resistencia armada y ordenó rendirse a sus acompañantes. Les pidió bajar desde el segundo piso de La Moneda en llamas, por las escaleras de piedra que daban a Morandé 80. Descenderían de uno en fondo, con la Payita adelante, y él mismo cerrando la fila de unas 35 personas, en último lugar. Todos iban semi asfixiados por el humo y las lacrimógenas lanzadas por los atacantes, y aterrados por los balazos que todavía resonaban en la calle y en los edificios circundantes. Pero sin que los demás se diesen cuenta, Allende volvió atrás, y se introdujo en el Salón Independencia. “Se sentó en un sofá, sujetó el fusil AK que le había regalado Fidel Castro entre sus rodillas, puso el cañón bajo su mandíbula y apretó el gatillo. Salieron dos tiros”. El doctor Patricio Guijón —único testigo confeso durante 30 años— también regresó, “con la intención de recoger para su hijo un recuerdo de lo allí vivido: la máscara antigás que había abandonado momentos antes”. Desde un pasillo, frente a la puerta entreabierta del Salón Independencia, vio al Presidente dispararse. Corrió hacia él, pero ya estaba muerto. Entonces, según la versión oficial, “se sentó junto al cuerpo del Presidente, tomó la metralleta y la puso atravesada sobre las piernas del occiso, sin preocuparse de huellas ni de nada”. Luego estuvo “velándolo durante 10 ó 15 minutos”. Hasta que un grupo de militares, encabezados por el general Javier Palacios, jefe del asalto a La Moneda, irrumpió en el lugar, y comprobó que la parte superior de la cabeza del Presidente había estallado, dejando la masa encefálica esparcida alrededor, sobre el sofá y en el suelo. “Se veía el impacto de dos balazos incrustados en un gobelino que colgaba en la pared situada detrás”. El general Palacios (fallecido el 26 de junio del 2006), “pensó en un primer momento, según la nota necrológica que le dedicó El Mercurio, inculpar al Dr. Guijón por la muerte de Allende”, pero después cambió de parecer, y —al parecer— el Dr. Guijón cambió también el relato de lo que había visto. Y no es un mero juego de palabras… Pero antes que nada, el general Palacios tomó entonces el radio-teléfono y se comunicó con el almirante Carvajal, para que le retransmitiera a Pinochet: —“Misión cumplida, Moneda tomada, Presidente muerto”. Tarde y mal A las 19,10 horas del mismo 11 de septiembre, se reúnen por primera vez (en el edificio de la Escuela Militar) los cuatro integrantes de la Junta Militar, que han asumido el poder como comandantes en jefe de las FFAA y Carabineros. Pinochet, Merino, Leigh y Mendoza se ponen rápidamente de acuerdo, antes de dirigirse por cadena de televisión al país: control riguroso de la población, largo estado de sitio con toque de queda, ruptura de relaciones con los países de la órbita soviética. “Lo que les toma más tiempo es la disyuntiva de cómo informar de la muerte de Allende. El acuerdo final es emitir un comunicado, que saldrá recién el jueves 13, y mantener en reserva el lugar de su sepultación”, según relata Ascanio Cavallo, en la serie “Las 24 horas que estremecieron a Chile”, publicada en ‘La Tercera’ en septiembre de 2003). El Presidente Allende es enterrado en secreto en el Cementerio Santa Inés de Viña del Mar, el día 12, trasladado por un avión FACH hasta Quintero, y de allí en una ambulancia, con fuerte custodia militar. Sólo se permite viajar junto al ataúd a la viuda, Hortensia Bussi, a cuatro parientes más, y al comandante Roberto Sánchez, ex edecán aéreo del mandatario muerto. A Tencha Allende no se le permite ver los restos de su esposo, la tapa del féretro soldada y sellada con remaches de metal. Un informe “técnico” sobre el deceso del Presidente depuesto es entregado recién el 20 de septiembre, en conferencia de prensa, por el general Ernesto Baeza Michelsen, nombrado en la tarde del 11 director de Investigaciones, y que había renunciado al cargo el día 12, molesto al parecer por los tejemanejes realizados por el Servicio de Inteligencia Militar, para adaptar el cadáver y el Salón Independencia a la versión que se difundió luego sobre las circunstancias del suicidio de Allende. Un testimonio singular: “El inspector Pedro Espinoza y el subinspector Julio Navarro —de la Brigada de Homicidios, la BH— reciben la orden de partir a La Moneda. Deben llevar todos los elementos para hacer un peritaje, incluido el experto planimetrista, un fotógrafo y el perito balístico. Un vehículo militar los lleva primero al Ministerio de Defensa. Sólo entonces se enterarán de quién es el muerto. —“Lo asesinó un GAP —informa allí el general Brady. “Cuando llegan a La Moneda, entran al ‘sitio del suceso’ y reciben una segunda y contradictoria versión. —“Se suicidó… —dice el general Palacios, en el Salón Independencia”. (Relato de Patricia Verdugo, en el libro ‘Interferencia Secreta, 11 de septiembre de 1973’). Los expertos policiales de la BH son reemplazados esa misma tarde por laboratoristas “químicos y físicos” de la Policía Técnica, que firmarán un “Acta de análisis de las muestras halladas” de una carilla, agregando –sin reconocer la autoría— el informe truncado de la BH (otras tres carillas, que aparecen con numeración diferente y las iniciales de otro mecanógrafo, en la reproducción de todo el documento). El Acta fue publicada el año 2000, por Mónica González, en el libro ‘La Conjura: los mil y un días del golpe’. Dichos y silencios La renuncia de Baeza a la dirección de Investigaciones, y su rápida reconsideración, tras fuertes presiones de Pinochet, ignoradas hasta hoy por la opinión pública, son recogidas en el libro del ex embajador norteamericano en Santiago, Nathaniel Davis, ‘The last two years of Salvador Allende’, publicado en 1985. El autor cita como fuente a Robert W. Scherrer, el delegado del FBI para el Cono Sur, con sede en Buenos Aires. El mismo que descubriría años mas tarde los falsos pasaportes con que el grupo de asesinos de Orlando Letelier viajó a Washington D.C. A su vez, el fiscal estadounidense que investigó en Washington el caso Letelier, Eugene M. Propper, en su libro “Laberinto” escrito en colaboración con Taylor Branch, también alude al conflicto entre el nuevo director de Investigaciones con la Junta Militar: “El general Baeza —escribe Propper— ordena a los detectives de la BH entrar en La Moneda y realizar una investigación a fondo sobre la muerte de Allende. Esta medida provoca la primera controversia entre los nuevos gobernantes militares, la mayor parte de los cuales se opone violentamente a que el ‘sitio del suceso’ sea examinado por profesionales. Quieren presentar el fallecimiento de Allende como un suicidio. El general Baeza argumenta que es una cobardía y que tal historia no podrá sostenerse como convincente. Al día siguiente [12] dimitirá a causa de esto, y solo Pinochet será capaz de persuadirle de que permanezca como nuevo jefe de Investigaciones del Gobierno militar”. La versión de Propper, extrañamente, aporta además el nombre del oficial chileno del Ejército “que había matado al Presidente Allende”. Su fuente es, siempre, el delegado del FBI, Robert W. Scherrer. “Después de pasarse casi dos días bebiendo cafés y tragos con varios confidentes chilenos, Scherrer descubrió [en 1977] lo que quería saber: el capitán René Riveros era un héroe especial para algunos de sus colegas de las FFAA chilenas, porque él fue quien mató al Presidente Allende en el asalto a La Moneda. Este hecho era entonces un secreto de Estado radiactivo”, escribe Propper. En concreto, y citando verbalmente un informe de la Brigada de Homicidios, todavía atribuido a ella el 20 de septiembre de 1973 (amplia versión en El Mercurio del día siguiente, pág. 17), el flamante director militar de Investigaciones, general Ernesto Baeza, informa que “el cadáver (de Allende) yacía sentado sobre un diván de terciopelo rojo granate adosado al muro oriental, entre dos ventanas que miran a la calle Morandé, con la cabeza y el tronco levemente inclinados hacia el lado derecho, miembros superiores ligeramente extendidos, extremidades inferiores extendidas y un tanto separadas”. Foto clave La foto Nº 1416/73-A, sustraída a fines de 1973 del expediente de Investigaciones, y efectivamente tomada el 11 de septiembre, reproducida en estas páginas de La Nación de Santiago, es la primera de una serie oficial, que va de la A a la Z, hasta hoy guardada en secreto. La foto citada se puede encontrar en diversos sitios de Internet; no se indica procedencia y figura como de “autor anónimo”. Muestra la real posición del cuerpo del Presidente muerto, que no está sentado, sino tendido en el sofá, hasta donde al parecer fue arrastrado (de ahí la posición rígida de las piernas), cargado sobre una frazada doblada puesta bajo su espalda, como se aprecia claramente en la foto. ![]() El cineasta Patricio Guzmán, autor del galardonado documental ‘Allende’, que estuvo a primeras horas del 11-S filmando en las afueras de La Moneda, declaró hace pocas semanas a la BBC de Londres que, con anterioridad a esta foto, el cuerpo de Allende muerto yacía tendido en el suelo. El tiro por la culata Pero el 20 de septiembre de 1973, el general Baeza, que ya había olvidado su transitoria renuncia, añadía que “Los proyectiles suicidas fueron disparados con el arma puesta entre las rodillas y el cañón pegado a la barbilla” (¿cómo las piernas separadas, entonces?). Y agregaba: “Arma utilizada: fusil-ametralladora núm. 1.651, de fabricación soviética, en cuya culata se leía la inscripción: “A Salvador, de su compañero de armas, Fidel”. Todo claro, salvo que el fusil-ametralladora AK-S, que aparece en el Croquis Nº 15254 de la Policía Técnica de Investigaciones, dibujado ex profeso entre las piernas de Allende muerto, no tiene culata, en el sentido tradicional del término, esto es, culata de madera, como en la foto de la célebre metralleta que luce en sus manos su creador, el general del Ejército Soviético Mijail Kalashnikov. (Foto ya publicada por La Nación de Santiago de Chile, el 30 de junio de 2006, última página). ![]() El arma dibujada en medio del cuerpo de Allende por el “perito” de Investigaciones, en el croquis aquí reproducido, es uno de los AK-47-S, o AK-S, que portaban los miembros del GAP que combatieron en La Moneda. Ese día había una treintena de ellos en Palacio. (Los expertos han observado que falta en el croquis un detalle fundamental: la mira del fusil, que es mayor, incluso, al diámetro del cañón). El AK-S es el usado internacionalmente por paracaidistas y otras tropas especiales, o por guerrilleros. De “culata rebatible”, es decir, plegable, y en la práctica un tubo de metal liviano que termina en una especie de semi herradura, para apoyarla en el hombro, si se va a disparar apuntando con precisión. (Hay fotos de Allende junto al “Coco” Paredes haciendo prácticas de tiro en El Cañaveral con una de esas metralletas (cualquiera) de la guardia presidencial). En combate, la culata “rebatible” del AK-S se gira en 180 grados y se pone sobre el cañón, para disparar desde el costado, colgando en ese caso de una correa que pasa detrás del cuello, y haciendo desaparecer la extensión posterior a la empuñadura. (Ver foto de los GAPs que acompañan a Allende alistándose para la batalla en el interior de La Moneda). Un arma tan de campaña no está hecha para intercambio de regalos entre Jefes de Estado, lo que refuerza que Fidel le obsequiara a Allende el modelo clásico de AK-47, con culata rígida de madera. Siga leyendo Continuación |
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