| La izquierda latinoamericana hoy: entre la emancipación y el reformismo |
| por Beatriz Stolowicz.(México) | |||||||||||
| lunes, 06 de noviembre de 2006 | |||||||||||
Página 2 de 2 La izquierda en el poder ¿Qué papel pueden jugar los gobiernos que conquista la izquierda para estos objetivos? Es más fácil pensarlo en los gobiernos nacionales pero no tanto en los locales. Y en verdad, las discusiones que sobre los gobiernos municipales de izquierda se dan desde hace ya 15 años pocas veces se abordan en relación a estos grandes desafíos políticos, sino de manera muy acotada a los problemas de gestión y a las posibilidades de participación social en esos ámbitos, pero sin vincular estos asuntos al proyecto político de la izquierda como un todo. En buena medida esto ha sido inducido desde la academia y las instituciones financieras internacionales, que promueven y financian las discusiones sobre los gobiernos locales situándolas en el terreno de las políticas públicas y como un asunto técnico-administrativo, no como un asunto político. Y, por lo mismo, se habla de gobiernos locales en general, como si fuera indistinto que sean de izquierda o no. E incluso se hace caso omiso de las diferencias que hay entre gobiernos locales en cuanto a facultades, lo que está determinado por las legislaciones, lo cual, sin dejar de tener un aspecto técnico, es eminentemente político. De la misma manera se habla de participación, como si no hubiera diferencias entre las concepciones de izquierda y otras. Se dice que el ámbito municipal, por ser más pequeño, es el que favorece más la participación, porque facilita el “cara a cara” entre gobernante y gobernado. Y que por lo mismo el municipio es el espacio más idóneo para la democracia. Desde luego, la participación de los gobernados puede democratizar esa parcela del Estado. Pero el asunto es menos obvio de lo que parece. Por ejemplo, no es lo mismo convocar a los gobernados para avalar o rechazar una propuesta del gobierno, que ya es algo frente al poder absoluto de la burocracia, que si la participación modifica sustancialmente la relación gobernantes-gobernados, gestando una ciudadanía gobernante, como protagonista y no sólo contraparte del gobierno, que decide qué se hace, cómo y con qué recursos, que vigila y controla. En este sentido, no es lo mismo desconcentrar que descentralizar, porque en el primer caso sólo se transfiere la ejecución de las obras, mientras que en el segundo se entregan también los recursos. La reforma neoliberal del Estado ha desconcentrado, no descentralizado. Negocio redondo: deshacerse de las responsabilidades pero mantener el control sobre los medios. La participación no se decreta, se construye muy trabajosamente A la izquierda le tomó tiempo ver la complejidad del tema de la participación ciudadana, y comprobar que no bastan buenas intenciones para hacerla realidad. Por un lado hay que crear las instancias de participación, lo que implica cambios institucionales que requieren mayorías políticas, asunto que refiere al sistema político y que trasciende lo local. Y no basta con que haya instancias y mecanismos para que la gente participe: la participación no se decreta, se construye muy trabajosamente. Tienen que haber fuertes estímulos en cuanto a que es posible producir cambios para que los que están todo el día corriendo tras la subsistencia puedan dedicarle tiempo. En un comienzo, la posibilidad de acceder a servicios básicos es un fuerte estímulo a la participación y a la implementación de métodos democráticos. Pero conforme se avanza en la resolución de las carencias más urgentes aparecen con mayor nitidez otras necesidades insatisfechas, ineludibles para hacer humana la vida de las mayorías. Los neoconservadores han socializado con bastante éxito ideológico la noción de “sobredemandas”, atribuyéndolas, como un rasgo patológico, al consumismo. Con mucha preocupación debo decir que he vuelto a escuchar ese argumento de boca de gobernantes de izquierda. Como si el pobrerío estuviera en el consumismo. La participación como un fin en sí mismo, sino como un medio de cambio social El problema de fondo, para la izquierda, es qué hace frente a la limitación de recursos: si se conforma a gestionar lo existente, con todo el mérito de hacerlo con participación democrática, o se la juega para romper las trabas. Y éste es un problema político, no administrativo. Para empezar, hacer reformas fiscales progresivas requiere de enorme fuerza política. Por otra parte, los logros que en materia social puedan tener los gobiernos locales no compensan, en términos de necesidades populares, los efectos negativos del orden económico-social imperante; esto no se enfrenta sólo en el ámbito local, sino que compromete la acción de la izquierda en la organización y lucha del movimiento popular. El ámbito local puede contribuir, en esa dirección, como espacio de organización para las franjas populares que han perdido su vinculación sectorial y cuya vida está fundamentalmente en el barrio, y también puede ayudar a generar conciencia, si logra mostrar la relación que hay entre los problemas locales y un orden económico-social y político que hay que cambiar. Lamentablemente esto no siempre ocurre. En cambio, gobiernos de izquierda muy apreciados por su decencia, por su vocación de destinar los recursos disponibles para los más necesitados, y que cosechan adhesión electoral, pueden convertirse involuntariamente en mecanismos de control social y político. Porque condicionan a la población a limitar sus demandas a lo que hay, aunque se distribuya de manera justa y transparente. Los métodos participativos, valiosos por sí mismos, pueden ser una forma de canalizar las demandas dentro de ciertos límites, proporcionando orden y estabilidad. Y esto puede ser útil para las clases dominantes. No debe sorprender que con esa intención el Banco Mundial, en el año 2000, elogió al Presupuesto Participativo de Porto Alegre como un ejemplo a seguir. Es que, finalmente, esta experiencia tan valiosa y creativa tocó techo en su capacidad transformadora. Lo democrático puede rutinizarse, perder energía, no por sus métodos, sino por sus objetivos. Y éstos, si son limitados, hacen languidecer el entusiasmo por la participación. Y, como sabemos, el PT perdió las elecciones tanto en Porto Alegre como en el Estado de Rio Grande do Sul. Asunto que va más allá de la gestión local y que tiene que ver con la acción del partido, con su proyecto, con sus orientaciones estratégicas y decisiones políticas. De modo que la izquierda no puede discutir sus acciones de gobierno local al margen de su proyecto político, en toda su complejidad. No puede pensar la participación como un fin en sí mismo, sino como un medio de cambio social. Y el cambio no en cualquier dirección. No es ocioso, pues, partir de los análisis más complejos y engorrosos sobre qué es ser de izquierda hoy, en América Latina, y por qué, para así llegar a enfrentar adecuadamente los problemas del gobierno local y la participación de la comunidad. Todo un reto. Beatriz Stolowicz es Académica del Departamento de Política y Cultura, área Problemas de América Latina Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco, México).
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